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En el día de la mujer, volvemos nuestra mirada a una persona que es un paradigma, un modelo para la montianidad y para la Iglesia toda. Madre Sara, dedicada totalmente a la atención y la promoción humana, puso especial énfasis con la fundación de su obra, el desarrollo de la mujer.

Y ésta su obra, desde las misma ciernes tiene, cómo venimos diciendo, dos facetas interesantes que podemos destacar: una faceta eclesial y una montiana.

Comencemos con la faceta eclesial. Porque resulta notable e importante poner en evidencia personalidades como la de Madre Sara Lona en este momento histórico. Ella desde la idiosincrasia de su tiempo y desde el seno de la Iglesia pone el acento y la búsqueda por promover a la mujer. Su respuesta vocacional y de Caridad está centrada en ello. Ella misma lo afirma en una carta enviada en Salta, el 22 de Octubre de 1945 al Sr. Ministro de Gobierno, Justicia e Instrucción Pública, Dr. Enrique L. Carballeda:

“Las finalidades de esta obra, son tendientes a preparar a la mujer del pueblo, a la obrera, poco atendida en sus necesidades materiales y espirituales, para que el día de mañana sea digna y eficaz compañera del hombre que trabaja en el campo o en las ciudades, ayudándolo en sus tareas, dignificando su hogar, trabajo, únicos medios para servir a Dios y a la Patria”.

Pero, más allá de su indiscutible preocupación por la promoción de la mujer, que se refleja en la búsqueda de dar respuesta a la problemática social de su tiempo con la erección de una obra concreta para las niñas, tal cómo lo podemos ver en el siguiente extracto de la misma carta antes citada:

“Trátase de la fundación de un Hogar para niñas huérfanas, abandonadas o indigentes, que al cobijarse en esta casa, encontrarían no solo refugio para su orfandad sino que, para su mejoramiento intelectual y moral, tendrían a la vez escuela y Templo”.

Lo que resulta interesantísimo es difundir que esto, con fuerza y novedad nace desde la Iglesia. Sara es un don de Dios para Salta y para la Argentina por su concreción en el campo de la Caridad. Y así, sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que Madre Sara y las Hermanas Concepcionistas en el siglo XX, son lo que para el siglo XIX Madre Catalina y las Esclavas. Dos personalidades notables que, en siglos distintos, se pasan la antorcha de la promoción humana en la Iglesia.

 

Aún con todo esto, la faceta para la montianidad está puesta en el proceso vital y vocacional de Sara. De joven comprometida a profesional trabajadora y dedicada. Y de allí a mujer que busca la plenitud y la voluntad de Dios. Incansable colaboradora de los primeros Hermanos en Salta, enamorada del carisma de Padre Monti, no duda en darse a este don del Espíritu Santo tomando el hábito azul. Así su búsqueda de promoción humana adquiere un horizonte de trascendencia en la vivencia de la “Caridad en azul”.

Un capítulo más merecerían sus sufrimientos y la incansable búsqueda porque la obra prospere.

El punto clave está en su apertura al querer de Dios, en su capacidad de soñar, de reconocer los designios, cómo cuándo reconoció a los “hombres azules” de sus sueños.

Un bello testimonio del año 1990, del P. Luis Olivera, CFIC, pone en evidencia esto que decimos en torno a la inmolación de Sara para que la naciente Congregación pueda prosperar:

“Permaneció no como superiora, sino como una simple hermana en la Congregación por ella fundada: en la obediencia, en la humildad. Nosotros y ella, todos, aceptamos con un gran dolor, con tal de salvar la obra. Para Sara aquella fue la más grande humillación, la más terrible de las pruebas que podía sufrir y la aceptó. (…) Se sacrificó a si misma para salvar su Congregación, por lo cual ella la fundó y la salvó”.

 

Sara es uno de los tantos rostros femeninos que sostienen y dan vida a nuestras comunidades alrededor del mundo. Sara, es, cumplimiento del sueño de Dios, del Beato, que al Padre Proli le expresaba su intención de dar vida a la rama femenina.

Reconocer todo ello, nos mueve a darle gracias a Dios. Y alegrarnos de saber que hombres y mujeres nos dedicamos a dar vida a la Caridad, a seguir expresando el amor infinito de Dios por la humanidad. Y alegrarnos, también, de que, en distintos lugares, puestos, ocupaciones e, incluso, temporalidades, lo hacemos juntos. Por eso me parece significativo compartir estas palabras que un buen Hermano le escribe a Madre Sara, expresión profunda de comunión y fraternidad que nace del saberse Familia:

 

“ ¡Queridísimas hermanas!

Soy un vuestro Hermano Polaco

Hno. Ladislao Basiak de 75 años.

Estoy muy contento por vuestra nueva fundación de nuestro orden, Hermanas Hospitalarias de la Inmaculada Concepción.

Aunque si en esta tierra no nos conozcamos. En el paraíso nos conoceremos, espero que cuando tengan noticias de mi muerte recen por mi alma.

Para que me recuerden les mando diez rosarios hechos por mí, ya fueron bendecidos en la Basílica de San Pedro con indulgencias papales.

Les envío mis más cordiales saludos a todas las Hermanas, espero que pronto regresen a Italia donde les espera un gran campo de trabajo, también no les faltarán muchas vocaciones.

Querida Madre Superiora, me daría una gran alegría si Ud. me escribiera unas pocas líneas”.

 

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