En el año de San José: una reflexión desde la Montianidad

Sharing is caring!

En el año de San José, ofrecemos esta reflexión desde la Montianidad elaborada por los Hnos. Raúl Sena y Diego Araya con motivo del año “Cuna de sueños” (2019), en el que se reflexionó en torno a la figura del Santo Patriarca. 

 

El recorrido que nos conduce hacia los cien años de la llegada del carisma de Padre Monti a Latinoamérica, tiene todo lo propio de un camino. Hay un sendero por donde recorrer, con muchas opciones para la marcha, tiene un inicio, un lugar desde dónde nos convocamos y salimos, porque si, además, es hecho con otros. Habrá en él momentos para acelerar el paso y otros para detenernos a descansar, también tendremos oportunidad para charlar, y seguramente habrá quiénes puedan orientarnos para alcanzar la meta que nos hemos propuesto.  Esto es lo que como Familia Montiana estamos haciendo, andar pasos que recuperen la memoria para valorizarla, detenernos a contemplar lo bello y variado del paisaje compartiendo, conociendo y descubriendo para llegar a la meta común que es la santidad a la que Dios nos llama.

Es este subsidio un momento de esos para parar por unos instantes, descansar, compartir y pedir referencias del tramo por el que andamos. Algo ya sabemos. Lo iniciamos el 9 de noviembre del año pasado y está signado por “Cuna de sueños” ¿Pero qué más podemos agregar, aun cuándo casi lo estamos finalizando?

Ya cómodos en este rinconcito del camino, recuperemos nuestro recorrido hasta el momento, para asomarnos así a lo nuevo. En primer lugar, no nos alejaremos de Bovisio, en la Lombardía italiana, seguiremos ahí, en sus alrededores y particularmente en la casa de la familia Monti, a la que ya podemos llamar, nuestro hogar, la de las puertas abiertas, la que está llena de la presencia de María. Esa misma. Aguzando la mirada, vamos a buscar qué más nos dice esta realidad para que sea nuestro hogar. Y así, podemos ver también que se presenta con claridad, que aquella simple casa de campesinos, es el lugar en dónde se acuna el primer sueño, el sueño con mayúsculas de Luis, aquél que hará que se susciten los demás y, al que siempre habremos de recurrir, como si de la fuente misma se tratara. Ese sueño que puede ser también el nuestro: la santidad.

Y como este camino, desde el principio era un camino compartido, hecho con otros, volvamos a abrir el corazón para integrar a alguien más, porque desde el primer momento, sabemos que nos acompañan distintas personas que nos sostienen, nos dan identidad y son seguros intercesores ante el Señor. Por eso, si en el primer tramo, aquél en el que comenzamos y del que necesitábamos abrevar para caminar, estuvo María, llenándonos de su amor maternal y hogareño. En este tramo nos acompañará San José, para custodiar nuestro sueño. El mismísimo custodio de los sueños de Dios, se hace presente para velar, cuidar, proveer e interceder por nosotros. Todos verbos que el Beato Luis conocía muy bien y que en reiteradas ocasiones habrá de recordarnos.

A este punto, bien puede emerger la pregunta acerca del para qué de este tramo, y con esta pregunta, el desafío. Si antes hablamos de hacer de “nuestras casas”, hogares ¿Porque no desafiarnos a hacerlos “hogares que acunen sueños”? Por qué no también volver la mirada a nuestros sueños y a nuestro sueño primero. Pero fundamentalmente, porque no preguntarnos por el sueño de Dios para cada uno de nosotros.

Ya con el primer descanso hecho, con el recuerdo de lo caminado y con la propuesta de lo que vendrá, nos adentremos a descubrir más sobre los sueños, San José y el Beato Luis María.

Para ello, como ya lo adelantábamos, volvamos la mirada a la casa Monti, aquella humilde casa de dos ambientes en Bovisio, que por este tiempo se ha constituido en nuestro “cofre del tesoro” porque de él continuamente venimos encontrando tantas cosas bellas y valiosas para el bien de la familia, comenzando por el descubrir que allí mismo ha nacido, con Luis, un sueño de caridad del Señor para el mundo, y junto a él también la Familia Montiana. Todos hemos sido soñados desde aquella casita.

Pensemos que en la misma perspectiva, los tesoros que hay en ella y en la experiencia de Luis en Bovisio, se constituyen en herramientas fundantes para su crecimiento, posibilidad para que sea forjada su santidad. Son herramientas, la orfandad, el trabajo y la fraternidad, por ejemplo, que nacen allí y que su vivencia se proyectará a lo largo de toda su vida y lo trascenderán. Si seguimos buscando nos encontramos con San José que junto a la devoción al Sagrado Corazón y a María Inmaculada formarán una especie de “trilogía espiritual” inseparable que al día de hoy está presente en todas nuestras comunidades, presidiendo nuestras casas y capillas, nuestra cotidianeidad y, evidentemente, nuestras vidas.

Estos “tesoros” que son tan parte nuestra, nos forman y nos dan una identidad que consecuentemente nos da un “modo de ser”, que para nosotros es tan cotidiano que casi pasa desapercibido, Pero tiene su origen en estas experiencias del Beato. Una de ellas es la que se relaciona con San José que le aporta un modo de valorar, de asumir y de proyectar los sueños de Dios. Y esto no está dado sólo por una apropiación piadosa de los rasgos que el Evangelio y la tradición de la Iglesia le han asignado al santo patriarca, sino más bien porque bien podemos afirmar Luis ha vivido, en lo referente a los sueños de Dios, una experiencia bastante similar a la del padre adoptivo de Jesús.

Por eso, hemos de descubrir a San José, un poco más, para luego volver a la vida de Luis y encontrar las claves de nuestra identidad josefina en nuestro modo de soñar.

 

«San José… es el hombre justo, servidor fiel y prudente

a quien Dios puso al frente de su familia. ».

(Misal Romano – Solemnidad de San José)

 

Al poner la mirada en José hemos de considerar, en primer lugar, que se trata de esos hombres que en la escritura se podrían llamar como los “hombres grises”[1], éstos que no se distinguen de los demás ya que se funden de tal manera que casi pasan desapercibidos. Los hay por cierto, otros que destacan por sus hazañas y por la manifestación del poder de Dios en ellos, pero en el caso de José se trata de un hombre de silencio.

Esto es tan así, que no vamos a encontrar palabra alguna proferida por sus labios y aun así su presencia manifiesta de manera especial un modo de presencia que termina siendo de los más evangélicos. Su presencia se articula en torno a los dos conceptos con los que la liturgia canta su presencia en la obra de salvación: “fidelidad” y “prudencia”. José, vive la fidelidad porque guarda siempre la fe debida a su Dios y Señor, viviéndola sin fisura, comprometiendo la palabra dada, la promesa hecha, a pesar de los pesares y cualesquiera fueran los obstáculos o inconvenientes que se presentaren y, vive la prudencia porque tiene la capacidad de tomar las decisiones acertadas en el tiempo justo, sabe distinguir lo que es bueno de lo que no lo es, pero no sólo eso, es sobre todo un hombre capaz de conocer la realidad y atenerse a ella.

Por todo esto, la Iglesia, a través de la liturgia no ha dudado en proclamarlo en primer término como “siervo”, una suerte de primera identidad para el patriarca. Una primera definición, el del significado de este término es el que dice de aquel que se somete a algo o alguien. Profundizando un poco, en el lenguaje del Antiguo Testamento “siervo”, hace referencia y se aplicaba tanto a los esclavos como a aquellos hombres elegidos por Dios para llevar adelante alguna misión trascendente tales como Abraham (Salmo 105, 6); Moisés (Éxodo14, 31); Job (Job1, 8) o Zorobabel (Ageo 2,24). Ya en el Nuevo Testamento Jesús lo utilizará asociado a la misericordia y, por tanto, al modo de ser de los hijos de Dios (Mt. 23,35), enseñanza recogida por los Apóstoles para constituirse en su identidad primera (Fil 1, 1 y 2 Pe. 1, 1). María ocupará un papel preponderante como sierva, y por eso merece esta mención aparte, poruq en el aaceptación del sueño de Dios dirá “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Cfr Lc 1, 38).

Este rasgo que, como decimos hace a la identidad primera de José se da precisamente porque, como nos lo atestigua toda la referencia bíblica anterior, vive como servidor de Dios, se da en servicio a Él, pero no como un esclavo que ha perdido su libertad sino como aquel que se entrega luego de conocer el proyecto, el querer de su Señor, sabiendo que su colaboración da cumplimiento a la misión que se le ha propuesto, sabiendo que, venido del Señor no puede haber otro camino que el de la seguridad que lleva a la plenitud.

A José, “el hombre gris” del Evangelio que para el mundo pasa desapercibido, al hombre que realiza su trabajo en la sencillez de un pueblo olvidado y cuyo transcurrir no amerita tan siquiera que se ponga por escrito lo que se pudo llegar a saber sobre el final de su existencia, a ese mismo hombre que aunque desapercibido expresa un talante de fidelidad y prudencia que lo convierten en siervo y, por tanto, digno de confianza, Dios decide poner al frente de su familia. Dios confió en él para depositar a su cuidado a su Hijo hecho hombre y a su Bienaventurada Madre, los dos mayores tesoros que jamás se confiaron a criatura alguna, pues confiar consiste en esperar en otro con firmeza y seguridad. Y junto a esos tesoros, el sueño de la salvación para la humanidad.

José, el hombre del trabajo, del espíritu de pobreza evangélica, de la constancia en la comunicación con el Señor, del silencio y la profunda vida interior, el hombre enamorado de la Inmaculada, su esposa, y el custodio fiel de Jesús será quién lleve posibilite la obra de salvación como ningún otro, no sólo por proveer a la familia de lo necesario y a Jesús de la educación y el oficio para su sustento, sino porque será con quién el Señor se comunique a fin de mantener a salvo a la naciente familia de los peligros que se suscitan en Israel, ante la persistente búsqueda de Herodes del mesías, para matarlo.

Finalmente, este aspecto de la comunicación entre José y el Señor, tiene algo más para decirnos. De un análisis de los tres sueños evangélicos de José que los encontramos, en el evangelio según san Mateo, ordenados progresivamente, como el primero, en donde se le da a conocer las circunstancias de la concepción del niño (Mt 1, 18-24); el segundo, en donde se le anuncia el peligro de la persecución al Mesías (Mt 2,13-14); y el tercer sueño cuando se le da a saber la posibilidad del retorno del exilio (Mt. 2,19-23).

En los textos podemos notar rápidamente la presencia de una relación concatenada entre ellos, que se expresa de la siguiente manera: al sueño, le sigue una comunicación, esa comunicación se hace luego, propuesta, que es asumida, y una vez hecho es custodiada y asistida.

El sueño de salvación, anunciado ya desde el Antiguo Testamento con Isaías (Is 7, 14), es nuevamente contado, comunicado a José, el “hijo de David” y de aquella promesa, y con él viene la propuesta “no temas llevar a tu casa a María, tu esposa, porque la criatura que espera es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús”. Ésta propuesta es asumida con convencimiento por José “al despertarse José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado” y luego será custodiada por Dios, a través de su mediador, “quédate allí hasta que yo te avise”, “levántate y regresa con el niño y su madre a la tierra de Israel”. Pero también éste sueño será asistido por personas que a lo largo del camino irán posibilitando el cuidado, la protección y el crecimiento del salvador, un claro ejemplo lo encontramos en la actitud de los magos, que advertidos en sueños, decidieron “no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino” (Mt 2, 12), para proteger al Niño.

La riqueza de la vivencia josefina particularmente en estos dos aspectos que compartimos viene a ser luz para conocer nuevamente a Luis María y para entender el hoy de aquel sueño nacido en Bovisio.

Veámoslo con detenimiento, partiendo del extracto de una carta que el Beato le escribe al Hno. Stanislao Pastori cuando éste se encontraba cumpliendo con el servicio militar.

«Stanislao, hijo mío queridísimo,

al leer tu anhelada carta, que recibí justo ayer, se me caían las lágrimas…

Te aseguro en nombre del Señor que no te olvidaré nunca pues te llevo con mucho cariño en mi pobre corazón. Lo mismo hace Mamá…

Mañana es la solemne Festividad de nuestro Padre, Patriarca San José, y con ese motivo no me olvidaré de encomendarte también a él. Tú, por tu parte, no te olvides de ofrecerte siempre a él, obsequioso y fiel en el servicio de Dios, sin perder la confianza en su patrocinio…

Veo que Jesús y Mamá te ayudan y te protegen constantemente, de manera que mi corazón descansa tranquilo…». Luis Monti, 18 de marzo de 1893.[2]

 

La carta al Hno. Stanislao Pastori, como vemos, rebosa de palabras amorosas, palabras que son realmente de un hombre que vive con sincera preocupación aquello que están viviendo y padeciendo sus hijos. Y la solemnidad de San José le da la oportunidad para poner al hijo distante y a sí mismo bajo el amparo del Padre de la Providencia. Para Luis esto no es precisamente un decir, una palabra justa para la ocasión justa, es más bien expresión coherente de cuánto cree y vive. A la vez, podemos ver también con claridad que, a San José no solo le confió las cuestiones económicas de la Familia, en su lógica pone bajo su amparo, más bien las cuestiones de valor, y esto no se limita sólo a lo económico. Pensemos por un momento qué resulta más valioso que su Hermano… Acaso habrá mayor tesoro en la Familia que sus Hermanos.

Con esta conciencia Luis nos permite conocer que, habiendo transcurrido el tiempo, su corazón va adquiriendo los ribetes de la santidad, puesto que si consideramos a la santidad como al encuentro con el Santo de los santos en el abrazo de mente, corazón y voluntad, nos encontramos con que está razonando igual que Él. Al confiarle la vida de sus Hermanos a San José se ha inscripto en la lógica que el Señor usó al confiarle a él la custodia de los dos más grandes tesoros: María y Jesús.

Otras experiencias del Beato en este sentido nos las narra el Hno. Erasmo Perniola, quién en ocasión de la preparación a la fiesta de San José, nos relata aún más sobre la relación de José con aquello que Luis valoraba:

Bajo la protección de San José encomendó ya en 1968 la fundación de Orte. A este gran santo dedicó la casa comprada en Roma, en las afueras de Porta Cavalleggeri, en la localidad de Madonna del Riposo; a él, el 18 de abril de 1882, fiesta del patrocinio, consagró de forma muy especial todo el Instituto.

La intervención de San José se manifestó de forma más que evidente durante la fundación de la nueva casa de Saronno… y en cuanto la nueva obra estuvo lo suficientemente construida, en señal de perenne agradecimiento, quiso colocar una estatua del Santo en una hornacina en la alameda que va de la casa al bosque. Hubo gran algarabía ese día en la casa de Saronno, y el Siervo de Dios, siguiendo la procesión quiso, por devoción, llevar en volandas la estatua del santo hasta el lugar destinado, en cuya base, como en invocación perpetua, mandó escribir: “Sante Joseph, ora pro nobis“.

 

Más adelante, ante las dificultades que se dibujaban en el horizonte con el tema de la expulsión de Santo Spirito, el Padre Monti expresó su total confianza en que Dios no le iba a abandonar nunca, que la Inmaculada siempre protegería a sus hijos, y que San José aprovecharía dichas circunstancias para demostrarle al Instituto su generosidad y su cariño de padre.

Y también, en los reiterados intentos por obtener para la Congregación la gracia del sacerdocio, con el dolor ante el obstinado rechazo por parte de las autoridades y superiores, el Siervo de Dios, sin dejarse abatir, anotó: “Nuestro consuelo es Jesús, la Inmaculada Concepción y San José… de él esperamos consuelo, ayuda y el triunfo del Instituto”.

Erasmo Perniola. Roma, 10 de marzo de 1957. [3]

 

Podríamos aventurar la idea de que este modo de ser de nuestro Padre Monti, nace en la experiencia josefina de Luis Cayetano. Para comprender esto, recordemos brevemente el episodio vivido en Rho, que por aquél tiempo se constituye en un hecho crucial. Y lo es, porque es allí mismo en dónde Dios le comunica su sueño a Luis, cuándo él decide asumir la propuesta del Señor de abrazar la fragilidad, tal como María, la Dolorosa que presidía el altar del santuario lombardo.

Haciendo un paralelismo con José podríamos decir que, al llegar allí, Luis también se encontraba un tanto perturbado por las dudas acerca de su futuro. Dudas que quedarán disipadas luego de haber podido escuchar y charlar con el Padre Taglioretti, el mediador del Señor para él, que hablándole a él “potrillo al que le hierve la sangre en las venas”, lo animó a continuar con sus sueños de servir y amar, tanto a sus compañeros, como a sus vecinos. Al igual que con José, el mediador del Señor, lo confirmó en su identidad, en la promesa que había recibido y le aseguró su compañía, custodia y asistencia para abrazar aquel sueño propuesto y continuar por el camino de la santidad.

A este punto, se presenta ante nosotros, que en esta experiencia se reedita aquel conjunto de tres hechos que se nos relata en el evangelio y que describimos líneas arriba. Hemos de hacer la salvedad de que aún no hemos divisado a aquellos que asistirán el sueño y esto es, porque, al igual que con José, los encontraremos a lo largo del camino propiciándolo tal como con Jesús: el crecimiento, el resguardo, la custodia y el desenvolvimiento hacia la plenitud al que está llamado.

Los nombres de los asistentes en la vida de Luis serán muchísimos, cientos, miles, porque ellos llegan hasta nuestro hoy, con la particularidad de que son soñadores y asistentes recíprocos del sueño de Dios, porque éste sueño del Señor, dado a Luis en primer lugar ha estado desde siempre destinado a una comunidad.

Llegados a este punto de nuestro camino se presenta el desafío, un desafío que podemos madurar en nuestro interior, pero especialmente en el contexto de cada una de nuestras realidades de Familia. La invitación consiste en conocer en nuestras vidas esta lógica hecha de tres partes, que son el sueño, la propuesta y la custodia. Se trata del paso de Dios por nuestras vidas y podemos también afirmar que estas se enlazan y expresan en el modo de expresarse los sueños de Dios, como sueño – comunicación; propuesta – asunción y custodia – asistencia.

Con esta guía, bien podemos reconocer, abrevando de la experiencia de Nazaret, Bovisio y Rho el sueño de Dios, sus intermediarios y sus asistentes en un ejercicio que renueve aquel dado por el Señor a José y a Luis. Con esta conciencia bien podremos entonces darnos a la tarea de ser también como aquellos dos hombres fieles, “carpinteros de Dios”.

Y cómo debemos proseguir con nuestro caminar a la meta, quisiera que, al alejarnos de este recodo, nos quedemos con la invitación de ser también nosotros “carpinteros de Dios”, dispuestos a darle forma a los corazones de aquellas agrestes leñas que el Señor nos confíe para transformarlos en aquello que, según el querer del Señor ha de ser cada uno en plenitud, uniéndonos así a la lógica de ser asistentes para  el cumplimiento del SUEÑO de Dios.

 

Siendo fieles a esto, haremos también lugares de santidad. Pero eso, quedará para la próxima parada.

 

 

[1] SUAREZ FEDERICO (2009). “José, esposo de María”. 8° edición. Ed. Patmos. Madrid.

[2] CFIC (2000). “Lettere e memorie del Servo di Dio Padre Luigi María Monti, fondatore”. Volume secondo 1885 – 1894. Casa Generale, Roma.

[3] PERNIOLA Erasmo (1957). Lettere circolare.

Lascia un commento

Il tuo indirizzo email non sarà pubblicato. I campi obbligatori sono contrassegnati *