El desafío de la santidad desde la montianidad. Segunda parte: Un modo de vincularnos

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Cómo lo venimos adelantando, nos convocamos a reconocer estos nuestros hogares, nuestra cunas de sueños, como verdaderos “lugares de santidad” y también reconocernos llamados a “habitar” en ellos, reconocerlos, por lo tanto, como “nuestro lugar” para el encuentro con el Señor, el buen Dios, Santo de los santos.

La santidad, por lo tanto es la respuesta al para qué, que nos planteáramos. Por ello, en este punto vamos a profundizar:

¿Qué entendemos por santidad?

 

La R.A.E. nos presenta el término como “cualidad de santo” y, cuando nos dirigimos al término “santo” nos encontramos con las siguientes definiciones, todas ellas nos presentan al término como adjetivo, en primer lugar, para luego clasificarlo en función de persona, cosa o instituciones; así cuándo se refiere a una persona afirma que es aquella “perfecta y libre de toda culpa, de especial virtud y ejemplo”, en tanto que cuando refiere a una cosa nos dirá que “está especialmente dedicada o consagrada a Dios, o que resulta especialmente provechoso o que posee la capacidad para curar”. Finalmente hace referencia a las instituciones, como la Iglesia católica que se califica así misma de ese modo o al proceso por el que ésta declara a una persona para ser venerada.

Estas primeras aproximaciones bien pueden servirnos para elaborar una primera idea en torno a santidad. Diremos entonces, en primer lugar, que santidad es un adjetivo que puede ser definido como la “clase de palabras cuyos elementos modifican a un sustantivo o se predican de él, y denotan cualidades, propiedades y relaciones de diversa naturaleza”. Aquí debemos aclarar la diferencia con la expresión, por ejemplo, “cuestión adjetiva” que alude a algo secundario o no esencial. En lo que venimos elaborando aquí, más bien nos referimos a aquel término que modifica a la esencia de una persona o una cosa para denotar una cualidad o una propiedad. Todo esto bien nos hace pensar en que “santidad” así definida a priori es un elemento externo a la cosa que modifica en cuanto entendido como adjetivo. Así, entonces, estamos en condiciones de afirmar que se trata de una cualidad que proviene del exterior o, en términos cristianos, diremos que es un don.

Éste don que cualifica a la cosa, a la persona o a la institución la hace perfecta, en cuanto plena, de especial virtud y ejemplo, provechosa y con la capacidad, nos dirá, de “curar”. Denotará también que está especialmente dedicada o consagrada a Dios. Por tanto, este adjetivo nos reflejará un estado vital y una capacidad de ser ejemplo por su plenitud. Tal como nos lo refleja el punto 40 de Lumen Gentium, cuando afirma que: “Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos.”.

Resta preguntarnos en qué medida se da esta perfección, entendida como plenitud y qué implicará esta especial virtud. Sigamos entonces con el punto 40, ya citado que afirma: “En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron.”. Se trata entonces, de conservar y perfeccionar un don que ya hemos recibido por el bautismo, por lo que una definición aún más precisa de santo, bien puede ser la de “aquél que vive la plenitud de su Bautismo en su cotidianeidad” o en los términos en los que venimos desarrollando nuestros pensamientos en su “lugar”.

Pero ¿Cómo se hace esto? El Apóstol Pablo nos invita a como “elegidos de Dios, santos y amados” revistiéndonos de “entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia, paciencia”, soportándonos y perdonándonos mutuamente. (Col 3, 12). Orando continuamente al Señor porque muchas veces no podemos ser fieles a esto. Teniendo, consecuentemente una estrecha relación con el Padre del Cielo, dejando que el Espíritu de amor venga sobre nosotros y procurando que la vida en Dios se manifieste en nosotros haciendo el bien, como lo hizo Jesús que pasó haciendo el bien. Siendo hombres y mujeres de “paz y bien”, como solía saludar Francisco de Asís, que implica todo un modo de vincularnos con la realidad llevando, como nos lo pide el mismo Jesús: “Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella” (Mt 10, 12 – Lc 10, 5).

Esta vivencia en radicalidad del bautismo que implica un modo de vincularnos con la realidad, que no es otra que la del mismo Jesús que nos llama a mirarlo a Él de manera concreta. El papa Benedicto XVI, en la Audiencia General del 13 de abril de 2011 nos amplía esta intuición diciéndonos que “La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya.”

De modo que podamos decir, como lo dice San Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). Lumen Gentium n 41, finalmente nos dirá que ésta es una llamada universal cuando afirma que “En los diversos géneros de vida y ocupación, todos cultivan la misma santidad. En efecto, todos, por la acción del Espíritu de Dios, siguen a Cristo pobre, humilde y con la cruz a cuestas para merecer tener parte en su gloria”.

La santidad, por lo tanto, consiste en la unión con Dios Padre, haciendo nuestros los pensamientos, estilos, acciones de Jesús, en quien se revela plenamente el Santo de los santos. Es también, la acción del Espíritu quien nos hace santos, porque es un don que nos ha hecho el Resucitado, don que nos anima e impulsa, como una fuente. Todo sostenido por la oración, en cuanto diálogo constante con el Señor para que sea Él quien cree en nosotros un corazón conforme al suyo: generoso y fiel. Una oración hecha con empeño y constancia, capaz de sostenerse también en los hermanos, tal como nos lo muestra Moisés en el Horeb, que cuando se cansaba era sostenido por Aarón y Jur (Ex 17, 12).

Finalmente, debemos agregar, en nuestras intuiciones que, un verdadero camino de santidad, para ser tal, debe pasar indefectiblemente por la cruz, esto es el sufrimiento por amor a Dios y en pos de la salvación de los hermanos que implica la expresión culmen de nuestra esencia, sólo desde allí entenderemos aquello que el Beato Luis María decía: “la victoria, o sea la Gloria, no es de quién comienza, sino de quién persevera hasta el final”.

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