Juventud Alegre[1]

 

Luis sabe, en verdad, prender en el espíritu inquieto de sus jóvenes amigos el suyo propio, ardiente y alegre. Espíritu alegre, sí. Porque la alegría es el sello inconfundible de la pureza y el heroísmo. Luis es un joven alegre.

Su alma cándida y piadosa sabe gustar la poesía de la tarde que precede a la fiesta. En la noche de la víspera reflexiona con sus compañeros acerca del bien que pueden prodigar a los enfermos y a los pobres para mejor santificar el día del Señor. Y concluye por anunciar el programa del día siguiente en el que consta un paseo a realizarse en horas de la tarde. Ya intuye entonces aquellos dos principios que constituirán los fundamentos de su futuro apostolado:

Que los jóvenes, para conservarse buenos y virtuosos deben mantenerse unidos a la Iglesia e identificarse fervorosamente con los dolores y las miserias del prójimo; que para mantener unidos y puros a los jóvenes es necesario que reine en medio de ellos la alegría.

Está profundamente embebido de la honda espiritualidad de San Felipe Neri. Apenas un jovenzuelo, es ya apóstol entre los jóvenes; apóstol en su propio ambiente.

Trata siempre de procurar a la Compañía, junto con la expansión espiritual, la sana expansión del cuerpo. Por ello establece que la tarde de los domingos siguientes a la Pascua sea consagrada a la diversión sana y honesta. En consecuencia los domingos, después de asistir a las funciones de la Iglesia Parroquial, incursionan en amables paseos a los bosques, diseminados sobre las colinas que circundan a Bovisio.

Con preferencia escogen como meta de sus alegres excursiones un pequeño monte que, situado a cuarenta y cinco minutos de viaje de Bovisio, se conoce con el nombre de “La Montañita” (la Montina). La cima, coronada por una rica vegetación en medio de la cual se desliza sereno un cristalino arroyo, muestra una rústica y modesta casa colonial.

Jamás podrán olvidar los buenos muchachos de la Compañía de los Hermanos aquellas deliciosas horas de juventud vividas en el plácido retiro de la Montañita.

Esta, con su pequeña casa colonial y la gran cruz de madera que Luis mismo ha levantado en ella, es todo un símbolo: el símbolo de una juventud ardientemente enamorada de la Verdad y la Vida. De una juventud que canta la alegría de haber ganado la cima portando como emblema la Cruz del sacrificio.

Monti y sus compañeros tienen un gran amor que los colma de dicha: la Santísima Virgen. El humilde ebanista lo conoció en la cuna cuando los dulces labios maternales le enseñaron a balbucear juntos los nombre de “mamá” y “María”. La devoción de María traducida en el rezo diario del Santo Rosario en familia, es cosa esencial en la vida de los Monti. Por eso también la vida y la obra de Luis han de estar íntegramente consubstanciadas con la devoción a la Madre de Dios.

A menudo realizan los jóvenes de la Compañía peregrinaciones a los diversos santuarios marianos de la Lombardía; tradición que van a recoger más tarde, como precioso legado, los hijos del padre Monti. El recuerdo de estos venturosos días juveniles ha de inflamar de santo regocijo, mañana, el corazón de los muchachos hechos ya hombres. José Ghianda, integrante del alegre grupo del Monti, le escribirá a éste en agosto de 1863: “Queridísimo Luiscuando leí tus líneas,… experimenté un consuelo tan grande que nadie podría imaginar. Sentí mi corazón inflamado de tanta dicha que en un instante acudió a mi mente todo cuanto hemos hecho y dicho en la juventud; los bosques, la Montañita, San Jerónimo, la Virgen del Monte, la prisión, tu casa y todos nuestros hermanos; y grité en los más íntimo de mi corazón: ¡Oh, días felices y santos pasados en nuestra juventud, días de paraíso y gloria!”.

Tan profunda es la formación espiritual que el Monti ha impreso en sus buenos compañeros que todos ellos, ya sea abrazando el estado religioso o formando un cristiano hogar, van a resplandecer santamente en la vida. Lo confirma el mismo Ghianda que, en la mencionada carta agrega:

“Bien te imaginarás cuál es nuestra situación en estos días. Para sobrellevarla uno tiene que transformarse en un ermitaño, metido siempre en el taller, trabajando duramente mientras pasan felices mis días en el cumplimiento de los deberes de familia. Para serte sincero, me parece ser todavía un hermano y tener aún los votos. Procuro conservar la mejor posible la castidad dentro del matrimonio. Cumplo con la obediencia y me esfuerzo por someterme a todos, principalmente en familia, siempre que me lo permitan mis obligaciones. Respecto a mi posición económica ya conoces la pobreza en que vivo; pero trato siempre de conformarme con la voluntad de Dios y la bendigo; ¡hágase!”.

 

 


[1] Congregación de los Hijos de la Inmaculada Concepción (1957) Un Alma Gigante  Semblanza del Siervo de Dios P. Luis M. Monti.

 

 

    

Consultas info@beatomonti.com

Creado con Webnode