El Hermano de los Enfermos

“El Hermano Hospitalero deberá asistir y servir a los pobres enfermos de Cristo con más premura, si cabe, de la que una madre sincera prodigaría en el cuidado de sus hijos amados. Convencido plena y firmemente de que al servirles está sirviendo a los enfermos miembros de Cristo, les propiciará todos aquellos cuidados que nuestra Madre divina no le hubiese escatimado a su Hijo divino en semejante circunstancia". 

(De las primeras Constituciones de la Congregación de los Hijos de la Inmaculada Concepción).

 

“Les recomiendo a los enfermos”: son las palabras de padre Monti, pronunciadas antes de morir. La atención de los enfermos  es el fruto de su larga experiencia; servir a los enfermos es concretizar la belleza de hacerse prójimos. Y meditando la parábola del buen Samaritano, Luis comprende que al simple servicio necesita unir profesionalidad y competencia. Él mismo estudia medicina y le enseña a sus Hermanos. Y cuando se trata de acercarse al enfermo, recuerda que en ellos está Cristo: “El Hermano enfermero aliviará los dolores y las penas de quienes sufren, teniendo para todos una sonrisa, una palabra buena, un pensamiento de cristiana esperanza y de confiada resignación al querer de Dios.

Por modelo propone a María Inmaculada: ¿cómo habría curado a Jesús si se hubiera enfermado? Los enfermos deberán ser asistidos y servidos como haría una madre con su propio hijo. Es necesario descubrir en el hombre enfermo a Jesús sufriente y procurar poner a su servicio toda energía y todo el amor. Esta es también la “penitencia” de los hijos de padre Monti: “No es necesario hacer otras penitencias. ¡La asistencia a los enfermos es ya una penitencia! Tenemos bastante con esto.”

En la historia encontramos muchos santos, llamados “obreros de la caridad”, que, imitando a Jesús, se han  empeñado en curar las enfermedades, y aliviar los dolores, a liberar el alma del hombre de tormentos y de las dudas de la condenación. Entre éstos se encuentra padre Monti.

La enfermedad es también para Jesús muy dura: ¡Él mismo cura a enfermos y sufrientes! El Evangelio nos dice que pasó haciendo el bien a todos, curando los cuerpos y sanando las almas. Los milagros y las curaciones testimonian que Jesús ofrecía a todos un remedio: la salud del cuerpo, la liberación de los espíritus malignos, la sonrisa de una vida recuperada, el gozo de mirar el futuro con entusiasmo. En el desenvolvimiento de la obra evangélica es importante, para padre Monti, juntar a la figura profesional médica aquella del Hermano sacerdote: “todos se acercarán al enfermo como ángeles consoladores, sanando las heridas y cancelando la amargura del dolor, aliviando los sufrimientos en cada momento, de día y de noche. Y frente a la vida que se extingue, ayudarán al moribundo a entrar en la paz del Señor, pronunciando los dulcísimos nombres de Jesús, José y María”.

 

Y a sus Hermanos enfermeros repetía que el sufrimiento es la ocasión en la cual el hombre entra en sí mismo y puede más fácilmente encontrarse con Dios. Por lo tanto “el Hermano enfermero, médico, sacerdote, sepa con religiosa bondad abrir el alma de los enfermos a los valores espirituales y empeñarlos en el apostolado del dolor como miembros activos de la comunidad eclesial”. 

    

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