Cuentos Montianos

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Casita, casona ¡Hogar! 

Por: Hno. Diego L. Araya

 

En la esquina de un pueblito muy lejano llamado Bovisio, había una panadería, la única de aquel pueblo y la que realizaba los manjares más exquisitos. El olor que salía de sus hornos inundaba el pueblo cada mañana, de modo que los vecinos podían saber que comenzaba el día cuándo el inconfundible olor del pan llegaba a sus casas.

Esta panadería era atendida por la familia Ronchi, papá, mamá y los tres hermanos. El del medio se llamaba Giussepe y estaba a cargo, por la mañana, de preparar el fuego para los hornos y, por la tarde de atender a los clientes.

Giussepe estaba acostumbrado a recibir cada tarde la visita de un grupito de “hermanitos” que pedían pan. No había tarde de la semana en la que no llegaran a pedir. La costumbre no caía muy bien a Giussepe que consideraba que no tenía que darle siempre pan, pero su papá insistía en que cuándo llegarán le diera a los “hermanitos” los 2 kilos que pedían regularmente.

Pero había otra cosa que le llamaba la atención a Giussepe y era el hecho de que los hermanitos no tenían ningún parecido, a la vez eran demasiados y para poner la cosa más extraña andaban en dos grupos con los que parecían ser los hermanitos mayores. Por un lado, el grupo de los varones siempre era comandado por un tal Luigi y, por otro, el de las nenas por una tal Luisa.

Tarde a tarde Gissepe escuchaba que tenían que llevar el pan a una casa, y al otro día a otra; o tenían que ir a colaborar en el campo de uno y después al de otro; cuándo no, a ayudar a limpiar la casa primero de una persona y después de otra. Para agregarle más confusión, esta extraña familia se juntaba en otra casa al finalizar el día.

Ahora, lo más curioso de todo era lo que decían de aquella casa… Todos contaban que volvían y estaba la comida lista, la guitarra a mano para terminar con alguna canción y que siempre había lugarcito para todos; ah y por supuesto, no faltaba un tiempito para rezarle al Sagrado Corazón y la Virgencita Inmaculada. La cara se les iluminaba cuándo contaban anécdotas de lo que hacían, de lo lindo que lo pasaban y de cómo se divertían.

Giussepe estaba seguro con estos relatos de que esa casa tenía algo especial, algo muy lindo y mágico sucedía allí que llenaba el corazón de estos” hermanitos” y, un poco el suyo también, por eso no había podido dejar de prestar atención a aquellas charlas. Seguro es una casa grande con un hogar en el que todos se reúnen, allí debe haber alfombras y siempre hace calorcito. Además, seguro hay un gran comedor con una mesa larga y siempre servida con muchos platos. ¡Ah! Y seguro ha de haber cocinera y sirvientes, comida para tantos como se serviría si no. Si, han de ser de esa familia del palacete de Corso Milano, los Veronesi. Seguro son ellos y por eso son tantos hermanos.

Una tarde, movido por la curiosidad, decidió preguntarle a uno de los hermanitos que era lo que hacían, pero en el fondo quería conocer aquella casa de las tardes de la que tanto hablaban, seguro sería una aventura conocer aquel lugar tan misterioso del pueblo.

Giorgio, a quién Giussepe le había preguntado, le comentó que se encargaban de ayudar, todas las tardes después de la escuela, a la gente del pueblo que precisaba de asistencia y que entre esas ayudas llevaba un poco de pan a algunas casas que su papá de la Panadería Ronchi, tan amablemente les donaba. Era por eso que papá les regalaba, pensó Giussepe. ¡Qué bueno! ¿Puedo ayudarlos una tarde de estas? Preguntó. Claro, respondió Giorgio, mañana si querés podes venir con nosotros. Allí estaré respondió.

Con los permisos para ausentarse de la panadería; a las 15 del otro día Giussepe ya estaba listo para salir con los “hermanitos”. Ese día ayudaron a 5 personas. A tres llevaron pan y ayudaron a limpiar el hogar, porque eran viejitos que no podían hacerlo por sí solos y en otras dos casas ayudaron a las familias en el campo porque estaban enfermos algunos de los familiares y, como era época de cosecha, había mucho trabajo por hacer.

Ya cansados decidieron volver a casa y la emoción de Giussepe era muchísima, porque al fin iba conocer aquel palacete del que tanto hablaban estos “hermanitos”.

De repente tomaron por otro camino que no conducía al palacete. Bueno, pensó, tal vez conocen un atajo. Y así siguieron caminando hasta toparse con una casa, o más bien un establo arreglado y convertido en casa. No entiendo, no habíamos terminado ya de ayudar gente. Claro le dijo Luigi el “hermanito mayor”. Y entonces, ¿qué hacemos aquí?, preguntó Giussepe. ¡Llegamos a casa!, vamos a tocar algo, a hacer una oración agradeciendo por el día y después mi mamá nos convida con alguito que cocinó dijo. Pero… ¿Ustedes no viven el Palacio, no son todos hermanos y por que son muchos no viven allá?

Una carcajada al unísono se escuchó. No Giussepe, no somos hermanos, de sangre al menos le dijo Luigi. La gente nos llama “La Compañía de los Hermanos”, porque andamos juntos y ayudamos a la gente, excepto por mí y por mi hermana Luisa con quién, si somos hijos de mismos padres, pero ella se encarga de las chicas y yo de los varones. Y esta es nuestra casa, aquí vivimos y aquí, al terminar el día nos reunimos para seguir divirtiéndonos.

¡Ahora entiendo todo!, me parecían un poco extraños. Entonces su casa es esta, así de chiquita y entran todos. Vení y mira por vos mismo, le dijo Luigi.

Esa tarde termino de maravillas, y Giussepe pudo entender que para que una casa sea bella, acogedora y grande no es necesario que sea un palacio, sólo basta con que quiénes vivan allí hagan sentir en familia a los que llegan.

Fin.

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