Contemplación “Llamados por el Señor, enviados por la Caridad, signados por María. “

Para vivir un momento de oración con intensidad, compartimos este guión de contemplación actuada junto al Santísimo Sacramento. Ojalá pueda ser de provecho para acercarnos a este evento de gracia que es el centenario de la llegada del carisma montiano a Latinoamérica. 

El guión está estructurado en tres momentos diferenciados para poder realizar tres escenas distintas. A modo de sugerencia, pienso que, para la representación, dado el modo en cómo está escrito el texto, podría pensarse en que sea relatado por algún cronista, mientras se suceden las escenas.

 

La casita de San José

La casa está revuelta, los chicos corren y algún Hermano va por detrás, enseguida podemos ver también como la puerta principal se abre y llegan también nuevos peregrinos que serán alojados; ocuparán, por unos días, unas de las habitaciones que el Hermano Ludovico Sala normalmente dispone para la atención de los enfermos afectados en la piel que a diario llegan a la “casita de San José”, está humilde morada concepcionista que aguarda por convertirse en el gran hospital dermatológico. Últimamente parece aún más apretujada que de costumbre, después de la publicación en la revista Civittà Cattolica de los avances hechos por las cremas de los Hermanos. Y es que se han incrementado de manera notable las solicitudes de alojamiento y tratamiento, no sólo por la virtuosidad de los nuevos fármacos, sino por el modo con que éstos son administrados. La pequeña “casita de San José” se ha ido haciendo de una fama de caridad notable y en Roma se pasa la voz sobre la bondad de los Hermanos que allí viven. Pero esta fama creciente, fruto del denodado esfuerzo, no se queda en la ciudad eterna, traspasa sus límites e incluso traspasa los de la península itálica para llegar, al recóndito territorio de misión patagónico. Allí un sacerdote salesiano, de los once religiosos misioneros de todo el vasto territorio del fin del mundo, sufre de psoriasis severa y ha encontrado una posibilidad de sanarse en aquella pequeña casita de San José, en dónde los Hermanos día a día ponen el corazón, siguiendo los pasos de su fundador.

Así comienza la historia que traerá al carisma de Luis María a tierras americanas. Una pequeña casa, bajo la protección de San José, el custodio de los sueños de Dios, será el puntapié inicial, seguido del encuentro, la sanación y el cuidado con suma caridad. Todo ello hará posible aquel sueño tan anhelado del Beato Padre Fundador de traspasar las tierras que lo vieron nacer, haciendo del ejercicio de la caridad, misión y propósito de santidad.

Éste salesiano, el Padre Bernardo Vacchina, habiéndose animado a viajar a Roma para ser atendido y luego curado con ciencia y amor por parte de los Hermanos, se trasformará en la voz del Señor que llama a la misión. Porque a partir de haberlos conocido, no cesará de insistir con llevar ese “modo” de cuidar y curar a tierras argentinas. Por eso, escribirá sendas cartas al Padre Pastori animándolo a aventurarse en tierra americana para traer aquella forma de ser a éstas tierras. De manera que, cuando hablamos de la llegada del carisma montiano a Latinoamérica, debemos estar seguros que no se ha tratado de un simple plan de expansión, sino que ha sido la caridad la que valiéndose del servicio de éstos hombres consagrados se ha abierto paso en su afán de derramarse en la humanidad.

Respondiendo a la llamada del Señor y al envío de la caridad, ningún hijo de Padre Monti podría aventurarse sin la presencia de su Madre y tal vez, es por esto que en una bella, pero formidable anécdota, María ha querido hacernos notar su compañía y asistencia en la identidad misma de los primeros cuatros llamados y enviados, dado que ellos estarán signados todos con la “M” de su Madre. Mitti, Meronni, Minessi y Molteni se transformarán en las famosas “cuatro M” de la familia destinados al cumplimiento de un sueño tan largamente añorado.

Ellos atentos y dispuestos a la llamada en la persona del Padre Estanislao Pastori, Superior General, no excentos de temores, pero concientes de la misión, se comprometerán en la aventura de ser los primeros Hijos de la Inmaculada en tierra latinoamericana. Los primeros llamados a fecundar este suelo con la vida entera entregada.

 

 

Enviados desde la casa del Padre

15 de septiembre será la fecha elegida para partir. Los días se acercan y la ansiedad aumenta. Días antes, los “Hermanos de las cuatro M”, luego de despedirse de las comunidades dónde se hallaba cada uno, se dirigirán a Saronno para celebrar juntos la última Eucarístía con la familia, allí en la casa del Padre Luis, en esa casa dónde había dejado su corazón, casi como un designio precioso de la providencia que signará el camino que ahora ha de emprenderse: poner todo el corazón y la vida.

Maletas en mano y abrazos de por medio de algunos de los Hermanos y del Padre Pastori se suceden a las puertas de abordar el vapor “Duque de los abruzeses” que ya tiene por destino Buenos Aires. Suenan las bocinas de la nave anunciando la inminente partida y cientos de pañuelos se divisan en los andenes del puerto de Génova que será lo último que estos cuatro Hermanos verán de su tierra, desde allí, en dirección a la proa ven en el horizonte, a medida que el sol se pone, la inmensidad del mar que deberán surcar durante 20 días y hacia la popa, cada vez más pequeñas, las sutiles colinas genovesas colmadas de edificios de colores terracota, que poco a poco va quedando lejos. Aquella bahía genovesa en forma de brazos abiertos será el último símbolo del envío de toda una familia que en ellos ha visto el cumplimiento de sus sueños.

El Sagrado corazón, la Inmaculada, San José y el Padre Monti son lo primero que se saca del equipaje con la intensión de formar así, una pequeña capilla en su camarote ¡He aquí la nueva comunidad! Deciden hacer la primera oración juntos, depositando ante el Señor, sus sueños, sus ilusiones, sus temores y toda su vida para cumplir así con su voluntad. Se detienen especialmente ante el Padre Monti, saben que están cumpliendo uno de sus sueños y le piden que interceda por ellos, que los llene de su espíritu y que no cese de velar por esta su obra para que puedan ser fieles a aquello que han comenzado. El tiempo nos demostrará que nunca dejó de asistirlos y guiarlos.

 

Nueva tierra, nuestra tierra. Nuevos sueños, nuestros sueños.

El 6  de octubre tocan puerto en Buenos Aires, es de mañana y el aroma tan característico del lugar los inunda, rápidamente con el equipaje ya listo se acercan a cubierta para mirar de cerca la ciudad, los sorprende su inmensidad y la cantidad de personas que esperan en el muelle, agitando sus pañuelos y sus sombreros esperando a los pasajeros. El Hermano Edmundo comienza a saludar a la multitud y ante la atónita mirada del resto les dice “¡Vamos muchachos, saluden, ésta será nuestra tierra ahora! Y quién sabe, a alguno de ellos hemos de servir”. Tímidamente entonces, Gerardo, Evaristo y Francisco saludan también y a medida que comienzan a hacerlo van cayendo en cuenta de aquellas palabras de Edmundo, han llegado a su nuevo hogar.

Al descender, los espera el Padre Vacchina, quién ha venido especialmente de la Patagonia para recibirlos y hospedarlos en la casa de los salesianos en Buenos Aires hasta tanto esté todo listo en el Hogar sacerdotal. El trayecto hasta allí está lleno de sorpresas para los Hermanos, quiénes se deslumbran con la ciudad, sus calles, su inmensidad, su arquitectura y su gente amable. Serán unos primeros días cargados de gestos de amabilidad y de fraternidad. También de primeros encuentros con el Obispo, la comisión de fieles que colabora en el Hogar y varias personalidades de la ciudad, hasta tanto sea el día 20 de octubre, fecha en la que podrán establecerse en su nueva casa.

Finalmente llega el día, es jueves por la tarde y se abre ante ellos la puerta de este inmenso complejo en el que todo es nuevo, desde las baldosas, pasando por las camas y los utensillos y hasta los primeros integrantes. Las pisadas de los cuatro resuenan en el caminar por los pasillos y las habitaciones que poco a poco van conociendo movidos por la curiosidad. Deben instalarse y prepararse porque en dos días será la inauguración oficial y se ha preparado, según les adelantan una bella fiesta para recibirlos. Allí estarán autoridades civiles y eclesiásticas y una gran cantidad de personas de toda la sociedad porteña. Toda la casa se adornará con los colores argentinos, los pontificios y flores. El Sagrado corazón presidirá todas las ceremonias.

La casa estaba linda y limpia, decorada con bandas con los colores argentinos, celeste y blanco, con los colores pontificios y con flores (estamos en primavera) y con un altar con la estatua del Sagrado Corazón, parecía una hermosura. Llegaron los invitados: la alta aristocracia bonaerense, música ciudadana y parroquial, autoridades civiles y religiosas ¡Y los primeros residentes del Hogar!

El olor de la cocina, los ollas que bullen, las primeras atenciones médicas en la mañana, las celebraciones juntos. El camino en la nueva tierra, en el nuevo Hogar había comenzado y sin parar, las tareas se multiplican y los Hermanos no dan abasto para atender a tantos residentes. Pronto, en su corazón comienza un nuevo sueño: Hermanos argentinos para colaborar con la demanda creciente del apostolado, ya no sólo en el Hogar sacerdotal de Flores, en toda la Argentina. Y es que poco a poco las cartas se acumulan con invitaciones y solicitudes de aperturas de nuevas casas para la atención de enfermos, de huérfanos, para escuelas de artes y oficios.

El Hermano Edmundo, quién dirige prolíficamente la nueva aventura americana, no deja de soñar y de planificar. Un hospital en Buenos Aires, una escuela en Córdoba, un orfanato aquí, otro por allá. Uno tras otros se suceden los planes en su agenda. Sueña y sueña y no deja de poner el corazón en cada uno de esos sueños. Al sueño cumplido del Beato se suceden los nuevos sueños de sus hijos que anhelan, como nos lo dice el Hermano Edmundo “hacer nacer 12 comunidades concepcionistas, para formar, como una corona de estrellas para la Inmaculada”.  Más pronto que tarde, dos de esos sueños se cumplirán.

Un correntino y un cordobés serán la voz del Señor que llama nuevamente al cumplimiento de los sueños. El primero, Luis, será el primer concepcionista latinoamericano, el segundo, Inocencio, Obispo Auxiliar de Córdoba, será el promotor de la llegada de los Hermanos a nuestra casa, el Colegio Robles.

Poco a poco los Hermanos van fecundando la tierra que les ha sido concedida y van echando raíces las nuevos sueños proyectados. Un nuevo viaje a vapor, al que se le sumará un viaje en tren será necesario para llegar a destino, la provincia mediterránea de Córdoba. La tierra del buen aire, de sierras curativas. La docta. La tierra de santos. La de la cultura y la naciente industria. Esta tierra acogerá a Evaristo, Francisco, Basilio, Benedetto y el joven Luis. Ellos cinco serán los primeros en transitar estos pasillos y en comenzar a desandar la obra que hasta el día de hoy nos acoge. Ellos, nos dejarán el hermoso legado que trajeron desde la casa del Padre Luis, allá en Saronno: poner el corazón en cada cosa hecha, en cada misión emprendida, en casa historia abrasada. Hoy, casi 98 años después como comunidad montiana del Colegio Robles, guardamos, custodiamos y transmitimos esto, para que cada uno pueda decir, en el rol que le toca desempeñar en nuestra casa: “Aquí he puesto el corazón”.

 

 

 

 

 

 

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