La Compañía de los Frailes

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Luis es un joven sencillo y alegre, cumple bien sus deberes y es de ejemplo para muchos: unos cuarenta jóvenes se reúnen en su casa de Bovisio Masciago, definida “establo” por los documentos de la comuna.

Aquí viene lanzada la primera semilla de la Congregación de los Hijos de la Inmaculada Concepción. Mitad de la pieza de la planta baja es taller de carpintería y lugar de encuentro de jóvenes: la gente los llama Compañía de los Hermanos.

Prácticamente es un oratorio nocturno y casero. Monti demuestra ante todo, la capacidad de crear ocasiones para reunir jóvenes.

La espiritualidad de la compañía está hecha de cosas simples: testimonios de vida, comunión, confesión, devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a la Inmaculada. Durante la semana practican el mandamiento del amor: hacen visitas a los enfermos, ofrecen limosnas a los más pobres, ayudan a los labradores en el campo y a todos los necesitados. Su actividad principal es atraer otros jóvenes y llevarlos a la práctica de la fe, recogiendo de modo particular a “díscolos y haraganes”: “¡Sabía atraerlos maravillosa-mente!”

Junto a Luis trabajaba su hermana María Luisa, que guiaba y reunía en casa, en la tarde, a las chicas.

María Luisa morirá a la edad de veintidós años, y Luis perderá a su “ángel encarnado”.

Luis es llamado por sus compañeros “superior” y es considerado como la autoridad de la Compañía. El esquema de los encuentros era simple: lectura de un fragmento espiritual de libros de devoción, seguido de un comentario de Monti. Las reuniones se concluían con el Rosario y algunos cantos. La fama de Luis y María Luisa se difunden rápidamente en los pueblos vecinos.

La experiencia juvenil de Monti en Bovisio Masciago se inserta en el estilo oratoriano inaugurado en Monza por el Padre Fortunato Redolfi y difundido por los pueblos vecinos. La novedad de la Compañía de los Hermanos es propiamente Luis, un joven obrero que evangeliza a otros jóvenes obreros, haciéndose promotor de un estilo de vida que marcará el futuro de los mismos muchachos y de la vida cristiana del pueblo. El párroco, P. Carlo Ciceri, maravillado exclamaba: “Nunca he visto tanta gente en la misa dominical. ¡Parece Pascua!”

La Compañía, entonces, se muestra una comunidad viva, autónoma y capaz de auto-promoverse espiritualmente, aún compuesta por campesinos, carpinteros y pequeños artesanos poco instruidos.

En esta apasionante y original experiencia hay que subrayar la presencia de la familia Monti, que está dispuesta a tener una casa invadida de jóvenes. Hoy podemos definirla como una “familia abierta”, una comunidad cristiana doméstica”, abierta a las relaciones entre generaciones, pronta a tener viva la propia fe y la de los otros.

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