El desafío de la santidad desde la montianidad. Primera parte: Volver al origen vital

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Volver al origen vital

 

“Sed santos porque yo soy santo”

Lev 11, 44-45

 

A lo largo de estos años nos hemos sumergido en una reflexión que sucesivamente nos ha ido llevando a mirarnos a nosotros mismos en cuánto comunidad reunida, llamada por el Señor a vivir su fe como Familia.

 

¡Hemos vuelto a nuestro origen! Proclamábamos en 2017, cuándo nuestra Congregación lograba hacerse de la casa natal del Beato Luis María Monti en Bovisio, fundando allí una Comunidad Religiosa y llamándonos a colaborar en la restauración de aquél lugar tan apreciado por los hijos de Padre Monti.

 

Y este evento de gracia ha ido más allá para los latinoamericanos, porque nos ha dado el marco para hacer nuestra propia peregrinación al centenario. De modo que, para nosotros ha sido un “volver a nuestros orígenes vitales”. Y Volver a los orígenes, a lo primero en cuanto orden temporal, pero también en cuánto esencia de algo, nos pone siempre en la tensión de confrontar nuestra identidad, esto es, aquello que en su más acabada expresión somos.

 

Hemos dicho ¡Hemos vuelto a dónde todo comenzó! Hemos contemplado aquella casa, a sus habitantes, a sus particularidades históricas y geográficas, hemos recordado anécdotas y compartido imágenes y testimonios. Nos hemos inundado de logos, tazas, pines y hasta desayunadores. También nos hemos exhortado, hemos reflexionado, orado. Hemos planificado, hemos creado eventos, canciones y retiros. A lo largo de este tiempo hemos hecho mucho.

Pero si nuestro “volver a casa” nos habla de “esencias” es bueno preguntarnos ¿Para qué?

 

Santidad.

 

Sólo esta es la razón que en definitiva ha movido y que sigue moviendo nuestra marcha a Bovisio, porque es, la razón que mueve toda nuestra vida ¡Vamos a Bovisio entonces en busca de la santidad!

 

Este peregrinaje a la casa natal nos pone desafíos importantes en el orden de la esencia de nuestras presencias, de nuestras comunidades y de nosotros mismos, en el afán de mirarlos con profundidad y con el ojo con el que el Señor los ve, yendo más allá de lo que son en cuánto valía arquitectónica y patrimonial para poder hacer de ellos espacios, lugares de Dios, con un claro norte: construir hogares como el de los Monti, capaces de acoger, aún en su precariedad la vida que nace.

 

Y esto tiene, a su vez, una consecuencia, a prima facie, bien práctica: pasar de un pensamiento que pondera la casualidad, la necesidad o el destino a uno que pone su empeño en descubrir la obra del Señor y su intervención de gracia. De allí entonces que también nos hemos interpelado y nos hemos descubierto soñados por Dios para estos hogares. Y una vez hecho esto nos hemos puesto a la escucha del sueño de Dios para cada uno y para todos, que en definitiva es ponerse a descubrir el proyecto de santidad que se nos propone.

 

Por todo ello, podemos decir que se inaugura el “tiempo de la esencia”, el tiempo del sustento, el tiempo de la finalidad de este hogar, y de este sueño querido y compartido por el Señor.

 

“Sed santos porque yo soy santo” Le dice el Señor en el Levítico al pueblo de Israel luego de recordarle cuánto ha hecho por ellos en la obra de liberación en su favor. Les hace una propuesta de identidad sólo después de librarlos, sólo después de mostrarles que es el camino más pleno que existe. Y lo hace con hechos, con una intervención, con la construcción de una historia común, de una relación que demuestra que aquello no es la única opción, sino la mejor opción.

 

Del mismo modo sucede esto en nuestra vida, por eso este tiempo es el propicio para preguntarnos ¿Por qué estoy acá? ¿Qué quiere el Señor de mí, con esta historia que me ha dado? ¿Y con estos “lugares” por dónde he transitado y transito? En definitiva, partiendo de nuestro contexto, desde el Señor ¿Cuál es mi esencia?

 

Y así, tal vez, hoy podríamos escuchar de manera personal al Señor que nos dice “Yo te traje aquí, te rescate con mi mano, te di un hogar, te sueño aquí, pues bien se santo, porque yo soy santo”

 

De modo que todo el reconocimiento de la casa cómo NUESTRO HOGAR, como cuna de SUEÑOS, ha sido la base para reconocer este contexto, esta historia personal y común como una declaración de identidad que nos hace el Señor, volver a nuestro origen vital como hijos e hijas de Dios, ir a su encuentro, ir al Santo. Ser santos, por tanto, implica este camino de ir hacia el Santo, de entrar en su presencia.

Pero paradojicamente, este «ir hacia» implica un «entrar en» nosotros mismos. Un largo y sinuoso camino de interiorizar en nuestro corazón y toda nuestra vida para ir abriéndolo poco a poco más al Señor. Allí está el desafío entero y Luis María tiene mucho para enseñarnos a lo largo de toda su vida. Encarándolo, en el tiempo, podremos decir con él, tal vez respondiendo a este “Yo te traje aquí, te rescate con mi mano, te di un hogar, te sueño aquí, pues bien se santo, porque yo soy santo”que nos decía el Señor más arriba con un:  «Aquí he puesto mi corazón», como dirá PAdre Monti hacia el final de su vida.

 

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