Del corazón, con el corazón: 99 años del inicio de la aventura ¡Comienza la cuenta regresiva!

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15 de septiembre será la fecha elegida para partir. 25 años antes, este mismo día, Luis Monti llegaba a Saronno en tren junto a dos Hermanos para dar comienzo a esta casa para los huérfanos. 25 años después, desde esta casa, el Evangelio de la Caridad se expande a América.

 

Los días se acercan y la ansiedad aumenta. Días antes, los “Hermanos de las cuatro M”, luego de despedirse de las comunidades dónde se hallaba cada uno, se dirigirán a Saronno para celebrar juntos la última Eucarístía con la familia, allí en la casa del Padre Luis, en esa casa dónde había dejado su corazón, casi como un designio precioso de la providencia que signará el camino que ahora ha de emprenderse: poner todo el corazón y la vida.

 

Maletas en mano y abrazos de por medio de algunos de los Hermanos y del Padre Pastori se suceden a las puertas de abordar el vapor “Duque de los abruzeses” que ya tiene por destino Buenos Aires. Suenan las bocinas de la nave anunciando la inminente partida y cientos de pañuelos se divisan en los andenes del puerto de Génova que será casi lo último que estos cuatro Hermanos verán de su tierra, desde allí, en dirección a la proa ven en el horizonte, a medida que el sol se pone, la inmensidad del mar que deberán surcar durante 20 días y hacia la popa, cada vez más pequeñas, las sutiles colinas genovesas colmadas de edificios de colores terracota, que poco a poco va quedando lejos. Aquella bahía en forma de brazos abiertos será el último símbolo del envío de toda una familia que en ellos ha visto el cumplimiento de sus sueños.

 

El Sagrado corazón, la Inmaculada, San José y el Padre Monti son lo primero que se saca del equipaje con la intensión de formar así, una pequeña capilla en su camarote ¡He aquí la nueva comunidad! Deciden hacer la primera oración juntos, depositando ante el Señor, sus sueños, sus ilusiones, sus temores y toda su vida para cumplir así con su voluntad. Se detienen especialmente ante el Padre Monti, saben que están cumpliendo uno de sus sueños y le piden que interceda por ellos, que los llene de su espíritu y que no cese de velar por esta su obra para que puedan ser fieles a aquello que han comenzado. El tiempo nos demostrará que nunca dejó de asistirlos y guiarlos.

 

El 6 de octubre tocan puerto en Buenos Aires, es de mañana y el aroma tan característico del lugar los inunda, rápidamente con el equipaje ya listo se acercan a cubierta para mirar de cerca la ciudad, los sorprende su inmensidad y la cantidad de personas que esperan en el muelle, agitando sus pañuelos y sus sombreros esperando a los pasajeros. El Hermano Edmundo comienza a saludar a la multitud y ante la atónita mirada del resto les dice “¡Vamos muchachos, saluden, ésta será nuestra tierra ahora! Y quién sabe, a alguno de ellos hemos de servir”. Tímidamente entonces, Gerardo, Evaristo y Francisco saludan también y a medida que comienzan a hacerlo van cayendo en cuenta de aquellas palabras de Edmundo, han llegado a su nuevo hogar.

 

Hoy, unamos nuestros corazones al de nuestros Hermanos y digamos: «¡Zarpemos!»

 

Porque bien podría ser esta la frase que se replique en este día en todos nosotros, dispuestos a dar cumplimiento a la voluntad del Señor que nos invita a transitar el camino de la santidad, en la construcción de su Reino.

Si el 8 de septiembre, de la mano de Luis, recordábamos que todo camino tiene un hito fundante y, en el caso del Beato también profético. Este día, en el que recordamos la partida de los Hermanos desde Génova con destino a Buenos Aires, para dar vida a una nueva obra de caridad en Latinoamérica, podemos recordar también, que el proseguir del camino requiere de situarnos en un lugar determinado. Pero este lugar no es necesariamente físico, es más bien actitudinal.

 

Volvamos a la vida de Luis para entenderlo. Al comienzo de su camino, como decíamos, le pide al Señor “ser, con su gracia, santo” y cuándo va llegando a la plenitud de aquel recorrido nos va a decir “Aquí he puesto el corazón”. Hay casi 60 años de distancia entre decir y decir, uno en diálogo íntimo con el Señor, el otro en diálogo con su comunidad. Ejemplo claro del movimiento de santidad de los cristianos, que se nutre siempre en el Señor para luego ser testimonio entre los hombres.

 

Por eso podríamos decir que “poner el corazón” es la forma en la que Luis entendió dar cumplimiento a aquel anhelo de Rho. Si fue consiente o no de esto no podemos aseverarlo, pero si comprobarlo, sobradamente. Porque si bien aquella frase, dicha al final de su vida, la expresa al contemplar la obra de Saronno, bien podría ser dicha en Orte, en Santo Spirito o en Piazza Mastai. Porque cada lugar por el que transitó fue testigo de aquel “poner el corazón”. Por lo tanto, no se trata de los lugares sino de la actitud hacia aquellos, la que hace la diferencia en el camino de la santidad. Se trata, en todo caso, de una disposición dada a toda la vida. Disposición querida, pedida al Señor, aceptada y, por lo tanto, decidida, encarada.

 

Éste testimonio, hecho herencia bendita, que hemos recibido de Luis y que nuestro primeros Hermanos en Latinoamérica también nos han legado dándonos, en este entrelazarnos en la historia, un alto tenor en la entrega, nos debe mover a exclamar ¡Quiero ser santo! Y, a partir de allí poner el corazón en un lugar de santidad, para transfigurar nuestros espacios vitales, nuestros servicios, nuestros proyectos ¡Nuestros sueños! Que a lo largo de nuestro transcurrir por la vida tendrá formas diversas y se valdrá de palabras distintas. En su caso, de nuestros primeros cuatro Hermanos habrá sido, tal vez, un ¡Zarpemos! que fue como un primer sí dado luego, nuevamente cada día. Si, que fue el abono apropiado para hacer fructificar la semilla del carisma montiano en esta tierra del sur.

 

Las herencias, suelen trasmitirnos derechos y deberes, riquezas y deudas. En sí el sistema legal la concibe como un mecanismo de sustitución de una persona por otra. Que hermoso pensar hoy en nuestra heredad como una riqueza que nos da la posibilidad de ser santos, que requiere de nosotros “poner el corazón” para continuar así el sueño de Luis María y de nuestros Hermanos y Hermanas laicos y consagrados en el carisma de nuestra familia, haciéndonos parte del manatial de caridad que nace de Luis María.

 

Muchas han sido y serán las palabras usadas para aceptar ésta herencia, bien podríamos preguntarnos cuál es la nuestra y, asimismo cuál es la de los que caminan con nosotros. En el día de hoy hemos conocido una, que también contemplamos y agradecemos, porque somos fruto de ella que, cómo herencia también se hace nuestra.

 

¿La usemos?

 

¡Zarpemos!

 

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