Del corazón al corazón: La experiencia del Sagrado Corazón de Jesús de Luis María Monti

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Por Hno. Diego L. Araya.

Fuente: Vece, Carlos CFIC «Con el corazón de Luis Monti. La caridad cristiana hoy».

 

A lo largo de nuestro peregrinaje al centenario, nos han acompañado aquellos que acompañaron a Luis a lo largo de su vida, de diversos modos, en diversas circunstancias, pero codo a codo en la realización del proyecto de amor de Dios para la humanidad, a través de su persona. Éstas “compañías” se han constituido en la herencia más hermosa que hemos recibido de Luis María, porque junto a ellas recorremos nuestro camino a la santidad a la que somos llamados imitándolos, pidiendo su intercesión o buscando habitarlos. Nos referimos concretamente a la Santísima Virgen María Inmaculada, al Glorioso Patriarca San José y al Sagrado Corazón de Jesús, verdaderos pilares de la espiritualidad montiana.

Así lo atestiguan las Normas de los Hijos de la Inmaculada Concepción en su punto 67, cuándo nos afirman que “(…) Padre Monti vivió la experiencia de una oración humilde, confiada y simple, que unía creativamente la oración con la vida apostólica. La continua invocación dirigida al Corazón de Jesús y de María, el confiarse a la Inmaculada y a San José durante la jornada y en las situaciones ordinarias y extraordinarias, expresan una espiritualidad dinámica (…).”.

De modo que, como vemos, cada uno ha sabido ser parte fundante de la vida diaria del Beato y en su camino de santificación, por ello se nos proponen como “compañeros” en la vivencia plena de nuestra fe.

Habiendo conocido esto, bien podemos preguntarnos qué relación, concretamente, hallamos entre “lugar de santidad” y el Sagrado Corazón de Jesús. A priori, la respuesta más sencilla es la de pensar que el “lugar de santidad” por excelencia es el mismo Corazón de Jesús, pero ahondemos un poco más en esto para descubrir que nos dice el Señor con esta devoción.

Para ello es bueno que recurramos al origen de la devoción del Sagrado Corazón, que tanto marcara el siglo XIX con la institución oficial hecha por el Papa Pio IX en 1873, luego de casi 10 siglos en los que creciera lentamente su presencia en el Pueblo de Dios. Así, puede rastrearse esta devoción al corazón herido de Jesús en el siglo IX con las meditaciones hechas por los cristianos de las llagas de Cristo, contemplación que buscaba enfocarse en los hechos de la Pasión y, consecuentemente, en el acto de amor y salvación obrado por el Señor. Aún así, recién en 1672, más precisamente el 20 de octubre de aquél año, se celebró por primera vez la fiesta del Sagrado Corazón de la mano del sacerdote francés, San Juan Eudes. Contemporáneamente a estas expresiones de fe del pueblo de Dios que peregrina en Francia, Santa Margarita María Alacoque, comenzó a tener visiones de Jesús, más precisamente a partir del 27 de diciembre de 1673. Mientras experimentaba el consuelo de su presencia, Jesús le habló de su gran amor y le explicó que la había elegido para dar a conocer su amor y su bondad a la humanidad.

Al año siguiente, en junio o julio de 1674, Margarita María informó que Jesús quería ser honrado bajo la figura de su corazón de carne. Pidió a los fieles que lo recibieran con frecuencia en la Eucaristía, especialmente el primer viernes de cada mes, y que practicaran una hora santa devocional.

En 1675, durante la octava de Corpus Christi, Margarita María tuvo una visión que posteriormente se conoció como la “gran aparición”. En ella, Jesús pidió que la fiesta del Sagrado Corazón sea celebrada cada año el viernes siguiente a Corpus Christi, en reparación por la ingratitud de los hombres hacia su sacrificio redentor en la cruz.

La devoción se hizo popular después de la muerte de Santa Margarita María en 1690. Sin embargo, debido a que la Iglesia siempre es cuidadosa en aprobar una aparición o devoción privada, la fiesta no se estableció como oficial en toda Francia hasta 1765. El 8 de mayo de 1873 la devoción al Sagrado Corazón fue formalmente aprobada por el Papa Pío IX, y 26 años después, el 21 de julio de 1899, el papa León XIII  recomendó urgentemente que todos los obispos del mundo observaran la fiesta en sus diócesis.

Como vemos, la devoción al Sagrado Corazón fue creciendo en el corazón del pueblo de Dios y recibió gran impulso de la Iglesia universal, por medio de los Papas, a fines del siglo XIX. Algunos autores nos aportan una visión que puede ampliar nuestra comprensión sobre el auge de esta devoción. Charles Bernard afirma que “muchos han insistido sobre el nexo histórico entre el expandirse de la devoción y la reacción contra el Jansenismo de un ambiente todo moralizante que insistía unilateralmente en el sentido del pecado, del castigo y del temor. Realizándose una experiencia de tipo profético, ya que la devoción que recoge la carga afectiva quiere ser una palabra de Dios en el tiempo…”.

Recordemos que el Jansenismo es una corriente espiritual basada en las ideas de Cornelio Jansen que pone el acento “en un marcado voluntarismo y rigorismo, en dónde el amor divino compite con el amor humano porque el amor divino es bueno y el amor humano se encuentra cargado de malicia”, nos comenta el P. Carlos Vece, CFIC.

Por ello, afirma, Goffi, “La devoción al Sagrado Corazón de Jesús ha sido una singular gracia del Espíritu de Cristo en sintonía con las necesidades espirituales del siglo XIX. En modo providencial ha  ayudado a las poblaciones creyentes a vivir en serenidad en medio de las innumerables prescripciones eclesiásticas. Ha difundido en ellas la fe en la misericordia salvífica del Señor  por encima del rígido preceptismo jansenístico…»”.

De modo que, esta devoción, en la época histórica del Beato Monti lleva al cristiano a vivir en la certeza de que el corazón de Jesús es la fuerza espiritual primaria que nos permite vivir según el Espíritu Santo, esto es la intimidad y la unión con el Señor. Lo vive entonces, desde la experiencia del amor de Dios, una experiencia que es primero personal, de encuentro e intimidad con Dios Amor, que lo eleva a una nueva condición de hijo muy amado, experiencia desde la cual nutre toda su vivencia y accionar posterior.

Con esta aportación, podemos leer con claridad cuál ha sido el camino vivido por Luis María y la moción que el Espíritu suscitó en su corazón y en el de Cipriano Pezzini para dar vida a la Congregación Concepcionista “ver en el enfermo al mismo Cristo y tratarlo como se lo trataría a Él”, esto, es, ver en cada hermano al Amado, y tratar a cada uno como al mismo Amado. En un contexto en el que la práctica de la enfermería en los hospitales se caracterizaba por un continuo destrato para con los enfermos. Toda la experiencia de amor del Señor de la que hablamos, bien puede ser circunscripta en la vida de Luis en Bovisio, más precisamente en la casa Monti, el hogar, la cuna de sueños.

Esta experiencia que podemos ver en Monti será la que inculcará a sus hijos, se hará toda una forma de comprender el llamado que el Señor hace para vivir esta moción que es nuestro carisma en el mundo. Por ello en el texto constitucional de 1900, el último que el Beato pensó, podemos leer en el artículo 6 lo siguiente “Todos los individuos que pertenecen a este Instituto, son igualmente reunidos en el nombre de Dios, y por Dios son familiares.” Y podemos notar que aquello que nos hace familia es precisamente esta experiencia de amor que brota del Sagrado Corazón de Cristo, tal como lo venimos entendiendo. Pero aun así, en su sabiduría, fruto de su experiencia de amor en el Señor, Luis Monti insistirá en que esta experiencia no solo nos llama, sino que también nos mantiene unidos como familia, siendo el fruto de esto la “paz, la unión en un solo espíritu en el corazón de Jesucristo”, de modo que el “lugar” es una experiencia donde se nace y al que retornar cada día para alimentarnos, para vivir. Todo esto implica, sin embargo, además de una conciencia de gracia del Señor, un empeño personal y por ello le pedirá a sus hijos que “Cada uno se estudie a sí mismo para formarse un carácter abierto, dulce, amable, que conserve la paz en el corazón propio y en el de los demás.” Lo que implica una búsqueda continua por el “modo” que exprese, de manera concreta, aquella experiencia de amor que nos ha hecho renacer y mantenernos en la Familia. Al comprender esto podemos juntos elevar la plegaria con el Beato a María Santísima Inmaculada para que sea ella quién “mantenga encendida en nosotros la hermosa caridad que hace de tantos corazones, uno sólo”.

Finalmente, en lo referente al alimentar esta experiencia de amor en la Eucaristía, el Beato nos pedirá que “Cada uno lleve a Jesucristo un corazón purificado, y no pierda un instante de aquellos momentos preciosos en los cuales se encuentra  de corazón a corazón con el Señor”. seguro que sólo en él, como lo hemos visto en la comprensión del Pueblo de Dios sobre la devoción del Sagrado Corazón, es posible fundar y dar origen a nuestros apostolados y esto es precisamente lo que nos distingue a los cristianos, más aún a los montianos de cualquier acción buena que se pueda hacer: la esencia, el origen de nuestra entrega. Y aquí mismo está la clave para entender nuestra santidad, como una consecuencia del encuentro con el Santo de los santos. 

 

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