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¿Para qué? Es una de las preguntas que nos quedaron pendientes en nuestro artículo anterior sobre nuestro caminar al centenario. Y con esta pregunta, decíamos, el desafío. Porque si antes hablamos de hacer de “nuestras casas” hogares ¿Porque no desafiarnos a hacerlos “hogares que acunen sueños”? Y esa es precisamente la clave de este lema que nos hace mirar en retrospectiva para volver a relanzarse en esta etapa. Y tal vez, también, siguiendo el orden del lema y yendo un poco más allá descubriremos que la certeza de que estamos ante un verdadero hogar está dada por el hecho de que éste sea capaz de acunar sueños y yendo más allá aún en su misma lógica, sueños que forjen santidad, constituyéndose así en un “lugar”, que no sólo es físico, es más bien espiritual, del que todos podemos abrevar, cuál verdadero manantial del que surge todo un río.

Ubicados en el punto del caminar y con algunos adelantos de lo que vendrá nos adentremos a desentrañar “cuna de sueños” con más detenimiento y, para ello, les propongo que primeramente descubramos los significados de las palabras a las que se hace referencia, significados que luego buscaremos en las escrituras y finalmente traeremos a nuestras historias para descubrir que nos quiere decir el Señor con todo ello.

Comencemos con la palabra “cuna”, que es definida por la R.A.E. como “cama pequeña para niños, con bordes altos o barandillas laterales, a veces dispuesta para poderla mecer” o también como “lugar en que se ha nacido”, también puede ser entendida como “estirpe, familia o linaje” o finalmente como “principio u origen de algo”. Etimológicamente la palabra “cuna” proviene de del latín “cunae”, que designa el conjunto de aparejos variados y variables (lana o paja, telas, etc.) que sirven de yacija a un bebé.

Dicho esto podemos rescatar al menos dos cosas importantes de la significación de “cuna”, por un lado, el hecho de que nos remite indiscutiblemente al origen, al principio, a lo primero y ello no implica sólo el origen cronológico, hablamos también de un origen más bien jerárquico, de aquello que es primero, sustento y fundamento del resto. Por otro lado, “cuna” nos habla también de la cama y de los aparejos que sirven de yacija, es decir de todo aquello que contiene, que da calor, que posibilita el descanso del niño y, consecuentemente, el soñar.

Pensemos, por un momento, en estas dos palabras: “origen y aparejos” ¿Qué tendrán que ver con Luis? A priori, mucho, debido a que él, como todos, ha tenido un origen y ha sido acunado. Y es que el Señor, en su sueño eterno de amor para cada uno nos piensa en un momento y en lugar determinados ¡Nos provee de historia! Nuestra propia historia. Y ese proveernos es completo, puesto que todo aquello que nos rodea cumplirá una función y tendrá un sentido para nuestro camino de encuentro con Él. Y ahí aparecen estos aparejos que constituyen la cuna de Luis y de cada uno de nosotros. Puesto que, como venimos diciendo serán ellos precisamente los que posibiliten el soñar y, a la vez el cumplimiento de los sueños. Estos aparejos de Luis, que han hecho su cuna, constituida por su familia, su pueblo, sus amigos y cada uno de los hechos que marcaron su vida en el primer tiempo lo llevarán a tomar una decisión que definirá toda su vida y será allí cuándo tomen plenitud, puesto que ellos serán profecía del resto de su vida.

Llegados a este punto, San Pablo, nos puede ayudar a seguir desentrañando la palabra “cuna” y aunque no la nombra de manera explícita, hace referencia a una de las acepciones que venimos trabajando, cuándo en su segunda carta a Timoteo, ante la advertencia de que vendrán tiempo en los que los hombres vivirán como “incapaces de amar” (Cfr. 2 Tim 3, 3) le dice “permanece fiel a la doctrina que aprendiste y de la que estás plenamente convencido: tú sabes de quiénes la has recibido. Recuerda que desde la niñez conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación, mediante la fe en Cristo Jesús” (Cfr 2 Tim 3, 14 -15).

Pablo le pide a Timoteo que recuerde no sólo las Sagradas Escrituras, en cuánto serie de contenidos, sino que vaya más allá y recuerde también a quiénes se las han trasmitido, puesto que la experiencia de fe se constituye de lo vivido, en cuánto visto y oído y encontrado. El aprendizaje en sentido cristiano siempre habla de un encuentro con otro que nos muestra, en su vida al Otro. Por eso, en nuestro caso y en el caso de Luis nos referimos a esta experiencia de fe, al Evangelio aprendido de aquellos aparejos de los que venimos hablando, el Evangelio que es fundamento de nuestra vida y de nuestros sueños.

Sabemos entonces que “cuna de sueños” nos habla claramente de posibilidad, sujeta a una decisión. Nos habla de la acción de posibilitar o, utilizando un término análogo, nos habla de “acunar”, que, volviendo a la R.A.E. (Real Academia Española) implica  “mecer al niño en la cuna o en los brazos para que se duerma”, esto es, darle la posibilidad de soñar.

Por ello entonces, los invito a contemplar un poco los aparejos de Luis Cayetano, éstos que harán posible aquel sueño de ser Luis María, con el tiempo y las decisiones. Aparejos hechos de la ternura y la tenacidad de mamá Teresa, del sacrificio y el sentido del trabajo de papá Ángel, de la pureza de Rosa María, María Carolina y Savina, del amor por la familia de María Josefa, Angela y Angela Inocencia, que decidieron formar sus familias; de la entrega sin medidas de Antonio Severo y María Luisa, que se consagraron al Señor al igual que él; de la valentía de José Sem, que lucho en la guerra y en las adversidades. Ellos sus padres y sus hermanos hicieron una cuna llena de todo aquello que hará de Luis un hombre de virtudes heroicas, todas ellas nacidas al calor de estos aparejos que acunaron su vida, su corazón y sus sueños en el comienzo.

Otro tanto podríamos decir de sus amigos, sus hermanos de la Compañía de los Frailes que sacaron de él a aquel joven capaz de conducir y de producir aquellos encuentros con el Señor.

Hemos hablado de las personas, nos restan los contextos y las circunstancias del devenir de la propia historia que tienen un rol preponderante en el acunar un sueño y en el caso de Luis esto se refleja de una manera sumamente clara. Porque bien podríamos preguntarnos que hubiera sucedido si sus padres no hubiesen fallecido a edad temprana, sino hubiese tenido que salir a trabajar, si no hubiese tenido que consolar a sus hermanos, si no hubiese visto los estragos que las enfermedades causaban en las personas, trastocando su vida e impidiéndoles trabajar y sustentarse ¿Habría existido el Beato Luis María? ¿Lo habríamos conocido? ¿O tal vez, hubiese sido siempre Luis Cayetano? Nunca lo sabremos, pero sí tenemos la certeza de que todo esto que vivió, aún y por sobre todo las situaciones más difíciles prepararon y moldearon  su corazón de manera notable, al punto de que por el resto de su vida se la pasará sanando y constituyéndose en familia para tantos otros que transitaron por aquel camino del dolor. Bovisio, Cesano Maderno y Rho serán aquellos lugares que permitirán forjar su espíritu y su santidad.

¡Bendito el Señor!

¿Qué otra expresión puede brotar de nuestros labios? Sin dudas, con el tiempo ya transcurrido, como es propio del obrar de Dios, podemos ver cómo todo ha sido gracia y “aparejo” para el cumplimiento del sueño.

Por eso, quisiera invitarlos a recapitular su historia y a ver en ella estos “aparejos” que han posibilitado que sean eso que son hoy. Personas, hechos y lugares. Entren en ese lugar sagrado de su corazón y permítanse hacer una oración agradecida por todo aquello que “en el origen” querido por Dios, sin dudas se constituyen en elementos fundantes del sueño al que quizá hoy estés dando cumplimiento.

La santidad de Luis María reside precisamente en esta historia de Luis Cayetano y de un sueño que decidió abrazar un 27 de febrero de 1942 de manera muy particular y que también será determinante en lo que vendrá, pero a eso lo descubriremos al analizar con más detenimiento a “sueño” en el próximo artículo.

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