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Al comenzar a desandar las lecturas, nos encontramos a Moisés en el libro del Deuteronomio, hablándonos de prosperidad y de que el Señor nos la dará en abundancia. No puede tener un mejor comienzo nuestro domingo, porque ¿Quién no busca la prosperidad en su familia, en su trabajo, en los estudios, en su vida? Prosperidad, nos dice la Real Academia Española, puede ser entendida como “curso favorable de la cosas o éxito en lo que se emprende, sucede u ocurre”; pero si nos adentramos en su raíz etimológica nos encontramos que, siendo de origen latino, la palabra proviene del término “prosperĭtas”, o “prosperātis”, una forma verbal de “prospěrus”, y significa “salir bien, ser feliz”. Ni más ni menos que la promesa del Señor y en abundancia. No se anda con pequeñeces.

Pero para alcanzar esta promesa, nos dice Moisés, debemos hacer tres cosas: “escuchar”, “decir” y “poner en práctica”. Lo primero es escuchar la voz del Señor que nos susurra su voluntad haciéndose ésta mandamiento para nuestra vida. Mandamiento que no es superior a nuestras fuerzas ni está fuera de nuestro alcance. ¡Si, así como lo escuchamos! Está en nuestra boca y en nuestro corazón nos dice la palabra. Está en nuestra vida, en nuestra voluntad, en lo que decidamos escuchar, decir y hacer. Está, podríamos decir a tan sólo una palabra de distancia, la misma que usó María cuándo precisamente vivió esta experiencia de la que nos habla Moisés: “¡Hágase!” Una palabra que inaugura un tiempo nuevo en el que, como dice la carta a los Colosenses de San Pablo, “Él tenga la primacía en todo, porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud”.

Nuestra prosperidad está precisamente en un ¡Hágase! que entregue toda nuestra vida, nuestra historia, para que en ella y a partir de ella el Señor habite en nuestros corazones; para que nuestra existencia sea como una alabanza que refleje su posesión y su victoria en nosotros. Para que al vernos otros digan “¡Es el Señor quién lo ha hecho! ¡Ha sido un milagro patente!”

Es por esto que María, es el modelo de santidad de los cristianos, y más aún de los montianos. Esto no pasó desapercibido para Luis María, que tomó de ella no sólo el nombre, como ya lo hemos visto, sino también los colores para su familia espiritual. Quiso, que cada uno fuera un reflejo de aquella Mamá que pronunció la palabra de salvación en primer lugar. Por eso, cada uno de nosotros, los que portamos el color azul tan identitario, en un hábito religioso, en un uniforme escolar o laboral, en algún escudo, distintivo o “morralcito” le contamos al mundo nuestra profesión de fe, nuestro credo. Hemos dicho ¡Hágase! y el Señor ha triunfado en nuestra vida, nos habita y es a quién llevamos cuál tesoro precioso.

Ya hemos recorrido el camino del “escuchar” y del “decir”, hemos visto como el mandamiento del Señor o la cruz que debemos cargar no es superior a nuestras fuerzas, cada una es don del Señor que puede ser soportado. Propuesta ofrecida y aceptada con una sola palabra.

Nos queda por descubrir el “poner en práctica” y para ello ya podemos arribar a la parábola para simplemente hacer el proceso inverso, para ver a través de la acciones un “credo”, una profesión de fe hecha en silencio que se conmueve con aquel que se cruza en su camino y que no duda en rescatar. Me pregunto cuál será la historia de aquel samaritano, cómo habrá sido su encuentro con el Señor, porque dudas de que ha existido no tengo. Su “práctica” no me lo permite dudar, porque su vida reflejó aquel mandamiento del Señor amarlo a Él y al prójimo. ¿Cuántos hombres y mujeres de estos hay a tu alrededor? Atentos a la palabra del Señor, prontos al ¡Hágase! y conmovidos por los hermanos.

Este domingo nos encontramos con la oportunidad de hacer nuestra profesión de fe. Cada uno sabe cuál es ese mandamiento personal que el Señor nos encomienda, que muchas veces se hace cruz, pero ¡cruz posible! Como nos lo recuerda el Señor ¡Ánimo! El Beato Luis María, aquel “potrillo de sangre ardiente en la venas” es el testimonio más elocuente y esperanzador en esto de dejar que el Señor nos habite para ser ojos y manos del Señor, para ser otros tantos Cristo, otros Hijos entre los hombres.

 

Hoy Te Dejo – Hakuna Group Music

 

¿Cómo actuarías hoy, Señor, si tuvieses mis ojos y mis manos?
Si tuvieses mi energía y mi tiempo,
mi familia, amigos y trabajo.

Pues hoy te dejo que seas yo:
¡Que seas tú quien viva en mí! ¡Quien viva en mí!
Por eso, Padre, transfórmame todo en Cristo,
para que sea el Hijo entre en los hombres.

Quiero ser tú, el Hijo, que pasa hoy por el mundo
transmitiendo tu mirada y tu comsuelo.
Llevando tu paz, tu ayuda, tu palabra al mundo entero,
realizando tu servicio, tu entrega y tu amor.

Pues hoy te dejo que seas yo:
¡Que seas tú quien viva en mi! ¡Quien viva en mí!
Por eso, Padre, transfórmame todo en Cristo,
Para que sea el Hijo entre los hombres.

 

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