CENTINELAS DE LA CARIDAD: HNO. EDMUNDO MITTI – PARTE II

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Extraído y traducido de “Profeti nell´ ordinario. Profilio dei Fratelli”
Autor: Hno Zamperetti

 

Sus intenciones eran poderla transformar en una pequeña basílica romana. Oasis de Roma en el centro del mar ambrosiano y la maravilla fue como, a pesar del pesimismo de todos, llegó a concretarla. Fue a Roma, frecuentó las basílicas, asistió a las celebraciones papales y anotó cuanto encontró de hermoso y, volviendo a Saronno, lo llevó a cabo. Y cuando todo estuvo en orden estableció el orden de las celebraciones de las festividades. Y como tanto el Instituto como la Congregación estaban dedicados a la Inmaculada, esta tenía la prioridad sobre las otras y debía ser la mayor.  Quedan pocos de aquellos que recuerdan todavía cómo eran celebradas. Yo tuve la oportunidad de poderlos escuchar de los jóvenes que lo habían visto. Cada año para la novena debía haber un predicador nuevo para elevar los corazones.

Mientras tanto el Instituto y las calles adyacentes eran adornadas de cortinas y ornamentos de siempreverdes. Los cantores debían estrenar el nuevo canto que el maestro Feroli había preparado; y los monaguillos bajo la guía de P. Giuseppe Riccardi estudiar las ceremonias, preparar los ornamentos, hacer las modificaciones necesarias porque que las Misas solemne eran presididas por tradición por un Obispo.

Lámparas con estilo romano pendían del techo, revestidas las paredes con paños decorados, y colocado sobre el altar un marco de rayos el cuadro de la Inmaculada regalado por Pío IX. Y la procesión que atravesaba la iglesia encabezada por los ceremonieros, los monaguillos vestidos de color púrpura, los seminaristas del Mayor, y el celebrante con los ministros rodeados de los ayudantes con espada y sombrero acordes.

(Oh! Aquella blanca vestimenta del medioevo era la ambición de todos los chicos, el poderlo vestir al menos una vez y poder ser retratados).

Y seguían en el orden la Navidad, la Pascua, etc., etc. Funciones que se desarrollaban con precisión cronométrica y los fieles saronenses hacían la fila para entrar y no se retiraban sin dejar su limosna que en aquella circunstancia era verdaderamente generosa.

Y el aplauso del P. Mitti en el comedor a todos los muchachos antes del almuerzo, cuando iba a augurar el buen apetito. Cada fiesta era una etapa que terminaba con el propósito de hacerlo mejor el próximo año.

También los paseos incluían siempre un santuario mariano. Aquellos que se hacían hacia el término del verano eran los mejores planificadas, nada debía faltar, cada hora era estudiada, frecuentemente duraban muchos días; que  si bordeaban o cruzaban las fronteras nacionales, si los niños tenían que escalar acantilados, subir cuestas para hacerlos sentir la alegría de llegar a la cima y, después de conquistarla, cantar una pequeña canción a la Virgen.

Pero tenían otros medios para mover la vida de los jóvenes y no eran sólo los paseos de las tardes de los fines de semana. Encontraba motivos para celebrar los onomásticos, la fiesta del protector o cumpleaños de los asistentes y de tantos otras ocasiones a veces puestas a propósito. Por esto los chicos lo querían mucho, y lo veneraban con el mismo afecto que a un padre.

Había en Saronno una señora rica que lo seguía en sus trabajos, sabía de sus bondades  y frecuentemente lo llamaba por teléfono: Venga, tengo algo para usted. Cuando se veían le decía: “¿tiene una deuda que pagar  y no sabe cómo hacer, verdad? Diga cuánto es y pensaré yo en pagarlo”, después le daba un paquete grande de caramelos y, con una sonrisa le decía, “esto es para sus chicos”.

Hay otro hecho que merece ser recordado, entre estos breves relatos, y es la claridad que él ha demostrado hacia quienes han padecido en la primera guerra mundial.

Un episodio que hoy se lee sólo en los libros de historia, es la desastrosa retirada de Caporetto que aconteció hacia finales de 1917. Los austríacos irrumpieron en la llanura del Tagliamento hasta el Piave. La gente de Carnia y del Friuli escaparon lo más lejos posible y muchos llegaron a Milán y a los países vecinos. Llegaron también a Saronno y pidieron socorro a los institutos religiosos. P. Mitti tenía el instituto lleno de jóvenes, pero frente a aquella miseria no supo decir que no. Le pareció conveniente colocar camas, colchones y frazadas, cuanto había en casa,  en los salones de recreación, en el teatro, en la sala de espera. También pudo recoger de las familias vecinas y disponer un techo y alimento para aquella gente.

No le parecía una mentira poder decir a sus chicos: Hijitos, trabajemos con muchas ganas, tenemos necesidad de ganar más, dividamos gustosos nuestro alimento con el pobre, con quien ha perdido todo, y será para ustedes un orgullo decir un día: También yo he servido a la Patria.

No pretendió nada. Aceptó todo lo que le era ofrecido. Y a quien le hacía presente que podía pretender algo, respondía: Hace unos cincuenta años atrás, a causa del desbordamiento del Tiber, nuestros Hermanos dieron también su cama; ¿haremos nosotros menos?

Y cuando unos meses después aquellos prófugos se fueron se contentó con pedir como recompensa: un Avemaría a la Virgen.

Entre los primeros traslados que se tuvieron, terminada la guerra, debió dejar el Instituto y marchar a Roma. Sus alumnos hicieron un gran pergamino donde con palabras llenas de reconocimiento y de afecto decían aquello que con el corazón cada uno habría querido repetir.

“Poca cosa dijo aquel que se la entregó, por semejante bien que nos ha hecho; su  recuerdo  no se cancelará jamás de nuestro corazón”.

Fundada la Unión P. Monti entre los ex alumnos, fue pionero de la Obra Concepcionista en Argentina.

Esto ha estado ya dicho en un número anterior. Aquí puedo recalcar solo algo que me llegó Aires, directamente de las Hermanas del Colegio María Niña de Buenos donde había desarrollado su actividad. También allí, como en el Instituto de Saronno, no fue sólo el capellán que celebra y se va, sino que muy rápidamente captó la simpatía de todos hasta convertirse en el alma de cada iniciativa.

Había refinado su práctica de director. Se había apropiado de la lengua, de la historia y de la literatura de la nación argentina. Dotado de una buena cultura, en sus lecciones la sabía transmitir, especialmente si hablaba a las niñas, mientras se explayaba en el campo literario y teológico cuando hablaba a los adultos con una perspicacia profunda, y al mismo tiempo, intuitiva.

En sus discursos, en las prédicas que tenía con frecuencia en varias iglesias de la metrópoli, maravillaba su claridad y la transparencia de sus exposiciones tanto que a veces no se sabía qué cosa admirar más, si la eficacia persuasiva de la elocuencia o la belleza de la frase literariamente siempre exhaustiva, incisiva y sobre todo clara.

Quince años de trabajo que el ala de la muerte troncó el 5 de septiembre de 1935 mientras en el silencio de la oración se preparaba a la celebración de la Santa Misa.

Se estaba en la mitad de la novena en preparación de la fiesta de la Natividad de María.

Había predicado las alabanzas a María la tarde anterior y se proponía continuar con un discurso celebrativo el 8 de septiembre.

El Señor en cambio tenía dispuesto algo distinto.

De P. Mitti se podría escribir un volumen,  porque su vida estuvo llena de acontecimientos y de obras buenas.

Esto es cuanto he podido recoger de sus antiguos alumnos que todavía recuerdan y tienen en mente las fiestas pasadas con él entre las cuales se distinguía aquella de la Inmaculada de la cual él había sido un caballero, no tanto sin miedo, sino cuanto sin mancha.

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