CENTINELAS DE LA CARIDAD: HNO. EDMUNDO MITTI – PARTE I

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Extraído y traducido de “Profeti nell´ ordinario. Profilio dei Fratelli”
Autor: Hno Zamperetti

 

Cuando en la mañana del 13 de septiembre de 1921, con los ojos hinchados por las lágrimas derramadas, P. Mitti terminó de recorrer el Instituto de Saronno para dar a todos su último saludo, y al ver otra vez aquellos lugares donde había transcurrido tantos años, los más bellos de su juventud y de su madurez y donde había encaminado su espíritu al apostolado, muchos se preguntaban si se repetirían las fiestas que se habían celebrado de costumbre cuando él era director.

Porque todos sabían que en aquel hombre de poca estatura, de rostro delgado y de color olivo, pero de ojos vivos y brillantes, albergaba un espíritu gigantesco; poseía una dulzura que no conocía confines y sobre todo una devoción ilimitada hacia la Inmaculada.

Cuando había sido nombrado director, hacía 12 años atrás, ninguno se había dado cuenta.

Aquellos que le habían estado cercano, durante el tiempo que era prefecto en el Instituto de Cantù, sabían que era bueno, amaba a los pequeños, y hacía cualquier esfuerzo para que se aclimataran enseguida, siempre pronto a encontrar nuevos modos para que olvidasen cuanto de triste habían dejado, encontrasen en el colegio la familia que, o no habían tenido o de la cual por fuerza mayor habían tenido que alejarse.

Para todos tenía en su bolsillo un caramelo que debía endulzar la boca y secar las lágrimas.

Una vez, siendo director, decían, ciertas actitudes deberá dejar, tendrá deberes más importantes  que atender, contratos para hacer, proveedores que pagar, vencimientos a los cuales tendría el honor de poner la propia firma al margen, y pensar en tantas bocas que tres o más veces al día reclamarán comida y muchas otras cosas.

En cambio… lo supo hacer, ¡y como lo supo hacer!

Comenzó a formar un grupo de amigos en torno a sí. Decía que no quería más empleados, sino colaboradores. Los más ancianos habrían servido para iluminarlo, con lo más jóvenes habría discutido los problemas más urgentes sin perder de vista aquellos más secundarios. Reguló el trabajo fragmentándolo por pausas de descanso, pensó recrear los cuerpos con juegos, distracciones y paseos estudiando él mismo los itinerarios y, si estos eran largos y duraban varios días, fijaba los lugares donde se debía comer y pasar bajo techo la noche.

Y porque cada mejoría debía comenzar por las cosas que estaban más a la mano, pensó en volver más acogedor el ambiente donde vivían.

Era aquella una vieja casa de campo de los Visconti, por aquel tiempo duque de Milán. Allí iban a tomar aire más sano, fuera de las murallas de la ciudad, sin olvidar la caza. Después los tiempos cambiaron y la vieja casa, no obstante conservando el aspecto primitivo  (hasta hace poco tiempo atrás se observaban aún los estemas y las torres), había pasado de las manos de los propietarios a aquellas de los inquilinos que la habían transformado en una casa de campo. Una primera adaptación se había hecho apenas comprada, aunque necesitaba de mucho más. En esto pensó apenas llegado P. Mitti. ¿Y el dinero? La Providencia no faltaría seguramente.

Saronno es una ciudadela que trabaja, abundante de medianas industrias y con personas de buen corazón. Fue a golpear a sus puertas. No tuvo vergüenza de extender la mano y subir una y otra vez las escaleras. Después los invitaba a ver los trabajos, mostraba cómo había sido invertido su dinero, y así se envolvían comprometidos a seguir donando, más aún porque era imposible decir no a un hombre tan bueno y que sabía pedir como ninguno había hecho antes.

Más adelante puso mano para renovar los talleres, compró máquinas nuevas, puso óptimos maestros encargados, de modo que los chicos cuando terminaban sus estudios pudieran ser los primeros y  mejores preparados.

Y con el cuerpo debía ser instruido también el espíritu, para esto abrió las escuelas para que todos pudieran asistir, inclusive los mayores, que eran confiados a maestros especializados que antes de todo los supieran comprender.  Debían ser de ánimo grande y generoso, que pudieran ser de la escuela un lugar no de tormento, no un aprendizaje de fórmulas estériles y a veces inútiles, sino por el contrario,  alegre, de tal modo que los jóvenes que habían pasado bastante tiempo en los talleres tenían dos o tres horas de entretenimiento, donde lo útil era mezclado con lo divertido. Él siempre creía en el valor del estudio y no quería jamás que tuvieran que asumir el aire de la inexperiencia o superficialidad.

Conocía muy bien la debilidad de la cultura fragmentaria en la cual la copia de los conceptos carentes de organicidad  de un sistema era más bien un peso que una riqueza.

Además cuidó dos cosas en la escuela: una buena formación teatral y una nutrida banda de música.

Entonces no había cine, ni radio, ni televisión. El juego con la pelota balbuceaba sus primeras palabras y no había entrado en la vida de los jóvenes.

La representación de un drama con un trasfondo histórico y humanitario, donde el malo es castigado y el bueno premiado constituía el argumento más interesante y el espectáculo más codiciado de los domingos por la tarde. Seleccionaba los mejores alumnos y ex alumnos, distribuía las partes y se encargaba él mismo de dirigir con la elección de las mejores vestimentas para lo cual buscaba las telas mejores y más llamativas. Fueron célebres algunas interpretaciones que se repitieron muchas veces, inclusive en ciudades vecinas suscitando siempre grandes aplausos.

La banda fue confiada al Maestro E. Ferioli, director de la banda cívica de Saronno, optimo músico y buen compositor.

Pero el alma, es decir, sus mejores energías las puso al servicio del Señor. La iglesia se convirtió inmediatamente en el centro de sus actividades y por esto no ahorró gastos ni sacrificios.

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