Las vendas de Luis Monti

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Te invito a que demos una mirada fugaz, de solo un instante. Te invito a que nos demos un asomo por una casa, una pequeña casita. Humilde, tal vez, y un poco precaria. Una casa que se está construyendo, una casa que tiene mucho de contingencia y que se arma y desarma, una casa que cumple muchas funciones. Una casa que aunque pequeña, humilde, precaria, contingente, en construcción y un tanto despatarrada, guarda una profunda melodía, una melodía que se hace profecía, una melodía de concordia, que se erige también en esperanza y en presencia. ¿Te animás?

Y aquí estamos. En la pequeña casita de Luis, una de las tantas que poco a poco la providencia va permitiendo abrir. Es la casita de Luis y sus hermanos. Y en este asomo que nos hemos permitido, podemos ver y hasta sentir una melodía que invita a contemplar por un instante el profundo signo de amor que ella guarda.

Y de pronto podemos escuchar el repiqueteo de las ollas  y la cocina que con un inconfudible olorcito nos dan cuenta del incipiente aroma de la mañana, ya desde bien temprano se va preparando la mesa para los que hoy están en la casita. Y por allá lejitos vemos a otros que andan de aquí para allá recibiendo a los peregrinos y alojándolos en la casa, van y vienen entre las cuartos con maletas y bolsos, a veces tropezándose con alguno que anda haciendo la limpieza de las dependencias que constantemente se ensucian por quiénes van y vienen. Y allá también vemos a los que van con vendas en las manos, porque si, también la casita humilde tiene un lugarcito para curar a los enfermos que tocaron la puerta sabiendo que en esta pequeña y austera casita hay unos buenos hermanos que se dedican a remediar y a hacer sentir mejor. De a poco se ido haciendo fama, la pequeña casita, de que uno se puede sentir bien allí y de que no sólo se recupera uno entre vendas y algunos remedios caseros, sino que tiene un tiempo en el que es cariñosamente cuidado y delicadamente atendido.

De repente cruzan los chicos, andan corriendo en la casa, porque acaban de terminar la lección de la mañana, y por atrás viene el hermano al que se le encomendó su cuidado. Es tiempo de prepararse para la comida y los pequeños han aprovechado para salir a jugar. Están felices, hacía mucho que no andaban así de contentos, y es por eso que no hay enojos por el despiole que han generado al correr por la casa, al fin comienzan a sonreír, piensan los hermanos, al fin se sienten en casa. Y es que al fin tienen una familia.  De repente salen al patio y sus risas se hacen parte de la melodía de la casita. Y es que para Luis y sus hermanos los huerfanitos son sus hijos; hijos no de su carne y sangre sino de su caridad y de su amor. Es muy cierto que éstos han perdido al padre y a la madre y tal vez no tengan a nadie más en el mundo; quizás no tengan más una casa, una familia, pero para Monti éstos no son más huérfanos, han vuelto a ser hijos: en él y en sus religiosos han encontrado afecto y amor de padre, en la Inmaculada su Mamá, en los compañeros sus hermanos, en el Instituto su casa, su familia.

Por allí vemos a otros están volviendo del turno del hospital un poco ya cansados, pero con una sonrisa recién dibujada al vislumbrar el pórtico de la casita y oliendo la comida que ya se prepara. La casa es un sinfín de sonidos de vida.

De pronto nos damos cuenta de que estamos en medio de una casita frágil pero que late portentosamente. Y los latidos de vida de está casita nos hacen sentir bien vivos, profundamente vivos. Allí en la casita reina una melodía de profundo misterio que anuncia con su música, con toda su vida, la llegada del Reino entre nosotros, allí está la esperanza que tanto nos enamora, allí presente en los sonidos de esta pequeña casita que es un enclave del Reino, que recibe, que cura, que enseña, que ama, que envía y que vuelve a recibir, está sin dudas Jesús y está también su mamá, nuestra mamá, la Inmaculada, que custodia con sus presencia a cuantos por aquí viven y andan.

Acabamos de entrar en una casa que es profecía, que es anuncio que es presencia real de Jesús. Acabamos de entrar en una casita que es capaz de elevar el tono vital de sus miembros y allí reside su anuncio. Una casa hospitalaria capaz de vivificar a quienes por allí pasan. Acabamos de entrar en la casita de Luis, y allí lo vemos a él, con unas vendas entre manos, son las vendas que ha recibido y que son la profecía de toda su vida, vendas con las que cura y con la que acaricia, vendas que están impregnadas del amor de quién lo ha llamado, del amor de quién lo ha buscado para ser el signo de su presencia entre sus hijos, aquí en esta pequeña casita sanitaria, casita que es capaz de proporcionar salud a quién por ella pasa.

Y por estas cosas que tienen el tiempo y la contemplación, nos permitimos entrar en otra casita que, ahora unos años más tarde, casi unos cien, y por otras tierras, bien lejanas, nos permite seguir la misma melodía… Y valla cosas del Señor, igual de austera y frágil que aquella de Luis. Sólo que está está habitada por una mujer, por unas mujeres. Son Sara y sus hermanas. Valientes que por los profundos y misteriosos designios de Dios, han erigido otra casita de la sanidad, en tierras muy lejanas y desconocidas por Luis, pero aunque lejanas en el tiempo y la tierra, parece que uno no ha terminado de salir de aquella casita cuando entra en esta. Si es mismo espíritu de amor vivifica esta casita. Aquí las vendas son otras, pero las caricias son las mismas. Sara y sus hermanas aquí también han venido a traer, para tantos frágiles, vendas de amor, las vendas que Luis supo tener entre manos, vendas que en cada uno, revisten al mismo Jesús.

Una casa y una casa hospitalaria. Se podría decir con toda firmeza que el sueño de Luis siempre fue ese. Una casa que sea capaz de constituirse en hogar, un hogar que sea capaz de contagiar sanidad. Sueño que soñando le llego a Sara.

A lo largo de toda su vida, Luis y Sara se esforzaron por constituir su casa en un hospicio que de salud en el que sus habitantes encontraran en sus pasillos y rincones la oportunidad de recuperarse de aquello de lo que adolecían, por ello para cada uno de sus miembros siempre había un corazón y unas manos siempre dispuestas a lo que necesitasen.

Y lo particularmente grande de todo esto no es el sueño de Luis y de Sara. Es el sueño compartido, el sueño hecho causa común de toda la comunidad. Allí reside su santidad y de los primeros hermanos y hermanas. Es tal vez el testimonio más precioso de aquellos primeros años turbulentos en lo que se hacía difícil darle forma a la llamada. El compromiso asumido, incluso hasta la muerte de los primeros ha sido en esta clave: en el empeño constante por hacer siempre casa, siempre hogar, siempre hospitalidad. Para con todos, en todo momento y en cada oportunidad.

Es por eso que en la misma vocación de Luis encontramos la urgente llamada a la comunidad, la de Luis, desde el origen, siempre ha sido la llamada a un sueño compartido, bajo el amparo de la Inmaculada, la mamá de todos en la casa de la sanidad.

 

 

Para servir hay que sentirse parte de una lógica de servicio, como eslabón de una cadena. Sirve para ello siempre rememorar esos rostros que guardo en mi corazón, rostros a los que yo he servido, pero también rostros que me han servido… Este cúmulo de rostros y experiencias que me impulsan y que en definitiva son, cada una de ellas, encuentros con Jesús mismo. Es decir, nuestras formas de servir, nuestras formas de amar están siempre ancladas allí en esa cadena, por eso lo importante de reconocer nuestro eslabón y reconocer nuestra cadena.

Por ello, Luis y Sara nos dan las vendas: “Te doy mis vendas para que vendes a otros”. En este gesto ellos nos comparten su vocación, su sueño, su llamada, TODA su vida.

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