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Es por muchos conocido, que un 27 de febrero de 1842, Luis María, de frente a la imagen de la Dolorosa de Rho, le expresó su anhelo de ser santo. Pero, probablemente lo que pocos saben es que ese mismo día, el Señor, le mostró a Luis, cuál profecía, cuál sería su camino de allí en más. Camino que unos 15 años y 163 días después habría de concretarse en un hecho providencial.

Aquel día, nos cuenta la crónica, a Luis le rebosaba el corazón de felicidad y alegría, tanto que ya no cabía en sí. Y es que luego de haber podido charlar con el Padre Taglioretti, que lo animó a continuar con sus sueños de servir y amar, tanto a sus compañeros, como a sus vecinos; ya no tubo duda de que en esas palabras resonaba la voz del Señor que lo invitaba a continuar por el camino de la santidad.
Por ello allí mismo y en oración ante la imagen de una María que abraza a su hijo herido, le expresará al Señor su deseo de ser santo y, si se lo permitía, con su gracia, un gran santo.

Y el Señor podemos aseverar, recibió aquel anhelo, lo permitió, lo condujo y además, por si fuera poco, en ese mismo momento le mostró a Luis cuál sería el camino que habría de recorrer, porque en aquella imagen milagrosa de Rho se expresaba el proyecto de santidad que Luis con los años abrazaría con tesón.

Y entonces ¿Qué expresa aquella imagen del Santuario de Rho que resulta tan trascendental? Lo descubramos un poquito conociendo su historia.

El Santuario de la Dolorosa de Rho, uno de los más importantes de la Lombardía, la región de procedencia de Luis Monti, nace en 1522 como una pequeña capilla coronada, en su altar principal, por un cuadro de Nuestra Señora de los Dolores, de autor desconocido. Pero será recién en 1583 cuándo, un hecho prodigioso haga de esta pequeña capilla un Santuario, por deseo expreso del Arzobispo de Milán, el hoy santo, Carlos Borromeo. Sucedió que mientras un feligrés rezaba ante el altar mayor, la imagen comenzó a llorar lágrimas de sangre, hecho que fue comprobado luego por el Párroco, el Vicario y el Notario Apostólico. Este hecho suscitó un gran fervor por los fieles y, como decíamos la pronta adhesión del Arzobispo y junto a ellos, luego de toda la región.

La imagen que reproduce la piedad de Miguel Ángel tiene a María vestida de azul y abrazando a su hijo yacente, luego del sufrimiento y entrega en la cruz.

Y son precisamente estas dos cosas las que se tornan en profecía para Luis y, por ende, las que en este día podemos rescatar. En primer lugar y de manera más evidente, el hecho de que María sostiene en sus brazos a Jesús, con gran dolor por su muerte y con ellos envuelve su cuerpo y se funde en un abrazo que es, a la vez, contemplación.

Por otro lado, podemos detenernos en el color azul del manto de María. Color típico de las representaciones a partir del siglo XII, cuándo la reflexión teológica entendió a la luz divina en una doble manifestación, la divina y la terrena. La primera, propia de la “Iglesia triunfante”, podríamos decir y la segunda de la “Iglesia peregrina”. A cada una, para representarla y así, poder comunicarla se les asignó un color. A la primera el color dorado y a la segunda el azul con sus variantes, que claramente hace referencia al cielo, entendido como el lugar de la morada de Dios y, a la vez, como signo del señoría sobre toda la creación. A esto lo podemos observar claramente en, por ejemplo, el fresco de “La disputa sobre el Sacramento”, de Rafael, en dónde hay una progresiva transformación del color -de los azules al dorado- desde el cielo hasta el lugar de la presencia de Dios.

Ésta idea, del “señorío de Dios sobre toda la creación”, asociada al azul, fue la que se utilizó para expresar también, la posesión, el triunfo del Señor sobre la humanidad en María, que habiendo aceptado el plan de salvación del Señor fue “habitada por Él” para dar a luz a su Hijo.

Por ello los artistas a partir del medioevo y en todo el renacimiento la representarán de este color, Rafael, Francesco Francia, Boticelli, Murillo, serán algunos de los grandes exponentes en los que podemos identificar esto.

Y, por supuesto, en nuestro Beato, que inspirándose en su Madre, quiso sus colores para él y para sus hijos. Por eso, el color azul de aquella representación de nuestra Madre, como la de tantas, que implica el señorío y la posesión del Señor en la totalidad de su ser, será el signo que los concepcionistas llevarán desde aquel 8 de septiembre de 1857: su vida revestida de un azul celeste mariano, será expresión de la ofrenda hecha al Señor y de la posesión de éste en toda ella.

De manera que color y abrazo serán la profecía que hoy, nuevamente puede ser vuelta a proponer, no ya sólo a un puñadito de 16, como sucedió hace 162 años, sino a tantos y tantas que en tantos lugares con el corazón ardiente de caridad, visten el azul y abrazan a sus hermanos como al mismo Jesús.

Qué lindo sería que en este día, todos los que hacemos parte de la familia, pudiésemos ponernos éste azul, en esta conciencia, nacida hace ya casi dos siglos, de la mano de María y de Luis.

¡Felicidades Hermanos! ¡Felicidades Familia!

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