Todo por amor a Maria

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El 8 de diciembre de 1846 el joven Luis Monti, aun siguiendo su trabajo de ebanista, decide consagrarse al Señor y hace votos de obediencia y de castidad en las manos de su director espiritual el P Luis Dossi. En ese entonces acuerda en fundar una congregación religiosa comprometida en la educación y en la formación de la juventud.
Luis Monti decide unirse a don Luis Dossi quien cree oportuno entrar en la Congregación de los Hijos de María, instituida hacía poco tiempo en Brescia por el venerado Ludovico Pavoni. Luego de cuatro meses de ingresado Luis Monti viste el hábito el 8 de diciembre de 1852. En los Hijos de María luego de un período de dedicación a los jóvenes se dedica al estudio de la baja cirugía y de la farmacia para llegar a ser el enfermero de la comunidad. Profesión que utiliza pronto al servicio de los enfermos de cólera en el lazareto de Brescia en el 1855 dando pruebas de una caridad heroica en favor de los enfermos.
En 1857, en la ciudad de Roma (Italia), da inicio a la Congregación de los Hijos de la Inmaculada Concepción. Vistiendo por primera vez el hábito religioso, el 8 de Septiembre, día de la Natividad de la Virgen María.
El azul del hábito recuerda también los colores del hospital del Espíritu Santo, lugar donde nació la Congregación: las túnicas de las camas de los enfermos y la divisa de los médicos y de los enfermeros.
En el hábito y en el color están incluidos los signos del amor-caridad: entre la Inmaculada y entre los enfermos, los huérfanos y necesitados. Un modo para anunciarse y describir la identidad y el carisma.
Todos sabemos que el hábito no hace a la persona: la verdadera identidad de los Hijos de la Inmaculada Concepción evoca a la Virgen, madre y patrona de la Congregación, y a la filial espiritualidad mariana, que se expresa en imitar sus virtudes
Para subrayar este aspecto, el Papa Juan Pablo II dice: “El Siervo de Dios padre Luis Monti fue gran devoto de la Virgen Inmaculada y a ella quiso dedicar su Congregación”.
El amor por la Virgen lo iluminó y lo guió siempre llevándolo a hacer de toda su existencia un coherente testimonio de fidelidad al Evangelio. Meditando sobre el misterio de la Inmaculada Concepción a la luz de la Sagrada Escritura, del Magisterio y de la Liturgia de la Iglesia y sacando admirables lecciones de vida, él anuncia un apostolado de aquella nueva “era mariana” que el Siervo de Dios, el  Papa Pío IX había inaugurado con la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. Con tal propósito, amaba repetir: “Quien es verdadero devoto de María y la honra con pureza de mente y de corazón, puede estar seguro de su eterna salvación”.
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